Autor: Luisfernando Palma Robles, cronista oficial de Lucena
(Adaptado y actualizado de mi libro Pedro Muñoz de Toro y el drama pasionista lucentino. Prólogo de Víctor J. Ramos Muñoz de Toro. Lucena: Gestoría Aras, 2022, pp. 93-103)
En el caso de Lucena, los valores rituales de las conmemoraciones de religiosidad tradicional más identitarios forman parte del rico patrimonio inmaterial que constituye la Santería.
Lucena es una de las ciudades andaluzas donde el modo de llevar las imágenes procesionales adquiere por su singularidad capital importancia. A ese modo se denomina con un verbo sustantivado: el santear, que ha engendrado todo un rico y complejo mundo ritual llamado santería. En este epígrafe efectúo un tratamiento misceláneo acerca de este ritual tan genuinamente lucentino.
1.- Santería: Rito y Dramática
La santería es actualmente un ritual asociativo temporal de varones (santeros que constituyen la cuadrilla), seleccionados y dirigidos por uno de ellos (el manijero), cuya finalidad es la de llevar a hombros los tronos procesionales de un modo característico llamado santear1. La santería actual es el resultado de un proceso evolutivo que arranca de la primera mitad del siglo XIX y que en los años veinte del siglo pasado estaba suficientemente consolidado, aunque, claro es, por tratarse de un fenómeno antropológico, no terminado. Como fenómeno antropológico ha seguido y sigue evolucionando.
Ciertamente que ese ritual asociativo, esa asociación, que por ahora es exclusiva de varones, implica un camino importante para superar el aislamiento individualista que lleva consigo la época actual. Las barreras a las relaciones personalizadas impuestas por la jerarquización de la sociedad se esfuman en el ritual asociativo del que se trata mediante la participación de los individuos que integran la asociación, que además de sus finalidades explícitas, en este caso llevar a hombros los tronos procesionales, funciona como escenario de sociabilidad y como referente de identificación colectiva. Los participantes en el ritual acentúan su individualidad precisamente por sentirse parte de “un nosotros colectivo en el que se trasciende el yo”2 en las juntas de la asociación y el día de la procesión llevando a hombros el trono.
En la procesión el revestimiento de los santeros, el movimiento del trono y los sitios ocupados en este por aquellos son también elementos fundamentales del ritual de la santería, en donde el tambor desempeña un papel primordial.
El santear está sujeto a normas estéticas, correspondientes unas a la postura del santero (normas individuales), y otras, al movimiento del conjunto, que trata de adaptarse al paso o momento iconográfico portado, contando para ello con la colaboración rítmica de los tambores. De aquí nacen los estilos o pasos básicos que podemos dividir, a efectos exclusivamente escenográficos, en dos grupos: dinámicos y estáticos.
Entre los primeros se encuentran el de Jesús Nazareno, que procurará dar la sensación de que la imagen camina con la dificultad procedente del peso de la cruz; el del Señor amarrado a la Columna, que tenderá por medio de un botao característico a escenifica la respuesta física de Cristo a los azotes que va recibiendo, el del Santo Entierro, coleao, para evocar el transitar de una carroza fúnebre.
Los pasos básicos que se pueden denominar estáticos son dos: el de los Crucificados muertos, llamado en ocasiones maseteao y en otras asentao, con poco movimiento, como si hubiera que evitar despertar al Señor de su sueño de muerte; y el de las Dolorosas, mecido lento, solemne, con el mimo debido a una madre sufriente.
Estas reglas dramáticas no pueden considerarse inflexibles. Cada manijero conviene con su cuadrilla qué características ha de tener el paso que van a llevar a cabo en el desfile procesional.
2.- Tauromaquia y Santería
El inconsciente colectivo del pueblo lucentino ha acercado la santería y los toros. Lucena ha estado a lo largo de la historia muy ligada a la fiesta llamada nacional, sirviendo en ocasiones como fuente de ingresos públicos. Pongo un solo ejemplo de finales del siglo XVIII, época en que nació Pedro Muñoz de Toro:
Se acordó que respecto de restar una corrida de toros de las cuatro que Su Majestad se sirvió conceder a esta ciudad con el fin de gastar su producto en el reparo de las casas consistoriales, fuentes y demás obras públicas por falta de propios y subsistir al presente la misma necesidad y que con lo producido en la última corrida se ha puesto corriente la fuente Nueva y se está reparando la de la plaza del Coso y dichas casas consistoriales (…) y que para la conclusión de todas estas obras y otras precisas, se haga la última corrida de veinticuatro toros repartidos en dos días para que no se pierda la carne3.
El Domingo de Resurrección de 1922 se inauguró la plaza de toros de Lucena ya desaparecida y que estaba situada frente a la barriada de Nuestra Señora de Araceli. En aquellos años veinte la sociedad española se encontraba fuertemente taurinizada. En el caso particular lucentino un torero local levantaba pasiones: Francisco López Parejo (Parejito). En 1920 se había roto la pareja taurina formada por José Gómez Ortega (Gallito o Joselito) y Juan Belmonte por la fatal cogida del primero. Ambos constituían el centro y principal referente de la llamada edad de oro de la tauromaquia; toda la afición, y hasta me atrevería a decir que toda la sociedad, giraba en torno de este tándem que, sin duda, ha sido el más famoso de todos los tiempos y el que más ha polarizado a la sociedad española, donde aunque resulte exagerado se puede decir que se era o gallista o belmontista. En estos años comienza a gestarse la santería que hoy, tras el natural proceso evolutivo, conocemos. En esta han influido y siguen influyendo, de manera inconsciente en muchas ocasiones, actividades muy diversas: agrarias, relacionadas con el bronce y la madera, religiosas y, cómo no, taurinas. Algo que nace y crece en el seno de una comunidad refleja o recoge su espíritu y sus labores cotidianas.
En el revestirse de santero ―indumentaria híbrida del traje campero y del hábito del cofrade― existen componentes ceremoniales paralelos al caso del torero. Faja, cinto, túnica, pañuelo, capirote, son colocados con un preciso ritual, gracias al cual el santero experimenta una metamorfosis importante: deja su cotidiana condición para ser protagonista del drama pasionista lucentino. Esta metamorfosis se puede considerar mítica, puesto que la experiencia del mito se diferencia con claridad de la experiencia de lo cotidiano.
Los santeros se reúnen en casa del manijero antes de dirigirse al templo para la procesión. Allí se inicia el paseíllo, que se ha venido haciendo con la almohadilla bajo el brazo ―que pudiera ser reminiscencia del capote de `paseo―. El paseíllo se hace por el ruedo de nuestras calles y plazas, a ritmo de tambores (recuérdese el pasodoble de inicio del espectáculo taurino).
En la iglesia tiene lugar el amarre de la almohadilla. ¿No evoca esta operación, llevada a cabo en muchas ocasiones por persona de la máxima confianza del santero, a la taurina de atar los machos, efectuada por el mozo de estoques del matador?
Es frecuente que al terminar la procesión el manijero entregue la campana, instrumento de su autoridad, a quien el siguiente año mandará la cuadrilla. Veo en este momento ritual una clara remembranza de la alternativa taurina.
Se da el caso de que el santero veterano cuando decide no volver más a santear se hace cortar el apéndice del capirote por una persona respetable, se corta la coleta. En esto no hay evocación, se trata de una directa actitud taurina.
La entrega de cigarros puros a los santeros nace del reconocimiento al trabajo bien hecho, como en el caso de los toreros. Muchas más influencias procedentes del mundo de los toros se dan en la santería. El lector podrá descubrirse algunas otras4.
3.-El término santero y otras denominaciones empleadas
El término “santero” en su acepción genuinamente lucentina no lo encontramos en la prensa escrita hasta 1906. Se puede leer: “Excepción hecha de la expulsión de un santero por el dueño de un paso, cuya expulsión la motivó el que el expulsado abandonase su preciosa carga por empinar el codo y al volver a su puesto quisiera enmendar su falta con cantar una saeta, nada que mereciese dura corrección ocurrió”5.
Como se puede observar, en el transcrito aparecen destacadas la expresión “empinar el codo” y el término “saeta”. En cuanto a la primera no es preciso efectuar ningún comentario; sin embargo, llama la atención que el autor del artículo destaque el segundo. Que yo conozca, es la localización más antigua de este término en la prensa lucentina.
Poco tiempo antes, al referirse a ese elemento sonoro propio de la Semana Santa, le llama, en plural, “cantares clásicos”6.
Por su interés reproduzco a continuación un texto de mediados del primer cuarto del siglo XX donde se hace un retrato de la figura del santero:
Gallardo, altivo, con serena mirada, el atezado rostro por completo rasurado, cenceño, de recia musculatura y de firme y pausado andar; vestido con la corta morada túnica de hermano de Jesús, echada atrás la levantada visera del largo capirote, que ondulante le cae por la espalda; ceñido el torso de recio cinto de cuero, empuñando en su diestra triunfadora, larga jorquilla, que semeja clava de moderno Hércules; pendientes de los pajizos cordones de su vestimenta enormes roscos, que la mano cariñosa de garrida moza puso allí, como adorno de majeza, y abarrotada de puros la amplia pechera de la túnica, déjase ver estos días, con un sí es, no es de fanfarria, el típico santero de nuestras procesiones.
Bulle por calles y plazas; discute apasionado en el corro de amigos y admiradores sobre lo pesado de su insignia, si el manijero reúne o no condiciones para el mando de aquellos santeros de músculos de acero, si en la levantada a pulso de la imagen, abolló tal o cual esquina, si en aquella rapidísima media vuelta, o pronunciada bajada, arrastraron los de atrás, o sobre otras mil y mil peripecias; todo esto entre copiosas libaciones de dorado líquido Pedro Jiménez, hasta que a fuerza de estas, enardecidos, siéntense inspirados de poético estro y entonan cadenciosas saetas alusivas, que se cruzan de grupo a grupo.
Son dignos de ver bajo los tronos de la imagen pesadísima, metidos los recios hombros en las almohadillas, y con su rítmico paso y contoneo, arrancar murmullos de admiración a los inteligentes que en todos los sitios de la carrera los esperan, para ejercer de críticos y aplaudir, si lo merecen, las gallardías y guapezas de aquellos fornidos mocetones, que cifran su mayor dicha, en estos alardes, en sí inocentes, de la pujanza de sus férreos brazos.
Tipo es este, que desde que éramos niños se ha grabado con viveza en nuestra imaginación, y cuando en aquellos días lejanos los contemplábamos adornados sus rostros de patillas de boca e jacha y sus colgantes capirotes, los asemejábamos a nuestros legendarios chisperos, de colgante trenza, pues como embrazaban la jorquilla, podrían hacerlo con afilada navaja o trabuco naranjero, para repeler, valientes, la invasión de extranjeros que intentaran hollar el bendito suelo de la amada Patria7.
En 1916, tres años después, constatamos en la prensa cómo al referirse a los santeros se utiliza el término en letra cursiva y en ella de nuevo nos encontramos con los considerados excesos de estos:
(…) Y ya que de procesiones hablamos, bueno será recordar el buen efecto que al público en general produjo, en el año anterior, el intento de extremar un poco el orden en algunas y poner coto a ciertas demasías de los santeros, que tan mal efecto producen en actos tan serios y religiosos8.
Tanto este transcrito como los dos anteriores (1906 y 1913) pertenecen al primer cuarto del siglo XX que es el periodo donde la santería empieza a consolidarse en el modo y forma que hoy conocemos.
En los estatutos de la archicofradía nazarena de 1941 aparece la expresión “Personal” que es sinónimo de conjunto de trabajadores. Y en este caso de los estatutos citados esos trabajadores, con toda seguridad agrarios, cambian las faenas del campo por la de llevar las imágenes procesionales. En la cofradía de la Veracruz y Paz, figuran en el siglo XIX las siguientes expresiones al respecto: “los que conducen las insignias”, “los que sacan las insignias”, “los que tienen ocupación en la procesión”. “los insignieros”, “los que conducen las santas imágenes”9, “los dependientes de los cuadrilleros”, figura esta que llegó a ser en muchos casos la principal responsable, cuando no única, de la salida procesional de cada una de las imágenes, designando manijero y costeando los gastos procesionales y de santería. En la actualidad estas funciones, en las cofradías en que existe tal figura, están ciertamente reducidas a cambio de una mayor participación en ellas de la junta de gobierno.
Apunto unas consideraciones acerca del uso como adjetivo de “santeril”. Hay varias razones para considerar que no es aplicable al caso del santero lucentino. En la Gramática descriptiva de la Lengua Española (1999), siguiendo a Anthony Gooch se afirma que el sufijo –il abunda en el mundo de las mujeres (“femenil”, “mujeril”, “matronil”), de los oficios humildes (“carpinteril”, “cocineril”, “porteril”). He aquí una apreciación neutra, pero se trata de un sufijo que al igual que –esco connota con frecuencia peyorativamente (libresco, solteril), como apunta también Gooch. La Gramática citada invita a comparar “señorial” con “señoril”10. Moliner, al referirse a “porteril”, pone como ejemplo la expresión “chismes porteriles”11, donde la connotación que da el adjetivo no es otra que la de reforzar el sentido peyorativo que de por sí ya presenta el sustantivo “chismes”. Gutiérrez Cuadrado reseña la debilidad de Cervantes por el empleo del sufijo –il con sentido humorístico12 (de cachondeo).
El sufijo –ero que, al igual que –il, se aplica tanto en la génesis de sustantivos como de adjetivos, tiene según el Diccionario de la Real Academia Española las siguientes valoraciones. Como sustantivo, indica oficio, ocupación, profesión o cargo y, curiosamente, pone como ejemplo un término (ocupación) muy cercano a “santero” desde la perspectiva de la procedencia de actividad: “jornalero”.
En su aplicación adjetiva, -ero significa carácter o condición moral13, es decir, valores éticos y –añado- estéticos, “postura santera”, “palabra santera (=de santero)”; expresiones paralelas a “postura torera”, valor torero”, “vergüenza torera”. Ese matiz ético que le da la Real Academia Española al sufijo –ero en la formación de adjetivos vale por sí solo para su aplicación en el caso del adjetivo derivado del sustantivo homógrafo “santero”.
4.-El santero y su evolución social
En 1768 la Congregación Servita comenzó a efectuar una procesión el Domingo de Ramos con su imagen Titular. Esta procesión de los Dolores carecía de los elementos tradicionales presentes en las hermandades y cofradías. El trono resultaba demasiado pesado para las pocas fuerzas de los señores que lo llevaban, por lo que en la Cuaresma de 1797 se decide “buscar seis u ocho túnicas y gorros nuevos y que estos hermanos llevasen la Soberana Imagen”. ¿Ampliación del número de portadores?
Hay referencias a un trono anterior con sus parihuelas, cuando en enero de 1776 el corrector servita propone que, a la vista de que la imagen nueva era muy pesada y que lo sería más aumentándole el trono y las parigüelas, le parecía imposible que, aunque se juntasen muchos hermanos de la Congregación, pudiesen llevar sin demasiado trabajo dicha Imagen en la procesión que desde 1768 se hacía el Domingo de Ramos. El hermano Antonio Rafael de Mora se ofreció para proporcionar seis u ocho hombres a su servicio, robustos y de fuerzas a quienes encargar la conducción de la Santa Imagen, a los que pondría túnicas decentes y les daría alguna gratificación, naciendo de este modo la figura del cuadrillero en la antigua Congregación Servita.
Hasta bien avanzado el siglo XX la pertenencia al núcleo dirigente de las cofradías estaba reservada a las élites, a las clases dirigentes de la sociedad; mientras los santeros, en su mayor parte, procedían de los sectores obreros. Prueba bien significativa de esta situación la podemos leer en la prensa conservadora de 1937:
Las cuadrillas de señoritos que le dejen el sitio, como siempre, a esos buenos obreros, pues mientras tengan esas aficiones y anhelos, hay un vínculo que los une a la Religión y al orden. Si esos señores sienten también el anhelo de sacar santos, pueden hacerse cuadrilleros, que también eso proporciona íntima satisfacción y el respeto cariñoso que fue aquí el carácter distintivo de los jornaleros hacia los amos14.
La santería lucentina, aun dentro de su genuina tradición, ha experimentado también el fenómeno de la resignificación. Existía un modelo en donde un cuadrillero (propietario o profesional bien situado en la escala social) delegaba en un subordinado de su máxima confianza (el manijero) la formación de una cuadrilla de santeros, compuesta por hombres acostumbrados a las duras tareas de su trabajo físico. De este modo quedaba patente en estas manifestaciones de religiosidad tradicional el modelo de una sociedad donde los roles de sus miembros estaban perfectamente jerarquizados. Los dirigentes de las cofradías se encontraban en niveles sociales altos, mientras que los integrantes de las cuadrillas estaban integrados en niveles sociales bajos. Se puede decir que existían dos líneas horizontales en la estructura social: una alta (cuadrilleros) y una baja (cuadrillas de santeros).
Conforme avanzó el siglo XX esta horizontalidad fue experimentando una transición hacia un modelo vertical15, hasta el punto de que las figuras de cuadrillero, manijero y santero se resignificaron. La del cuadrillero dejó de identificarse absolutamente con el señor o señorito; la del manijero fue disociándose de la del encargado, capataz o similar, y la del santero dejó de estar vinculada estrechamente con el hombre dedicado por su oficio a labores de esfuerzo físico. La horizontalidad se ha ido paulatinamente esfumando, al tiempo que las cuadrillas adquirían desde el punto de vista social una estructura vertical, en donde la práctica de la santería no está absolutamente condicionada por la posición ocupada en la sociedad; en esa única línea vertical, de manera general, cada cual se integra a una altura no condicionada exclusivamente por su estatus social lo que ha hecho de la santería un ritual interclasista. Sin embargo, se dan casos de utilización de la santería e incluso de la cofradía para subir peldaños sociales.
A partir de los años sesenta, en la sociedad lucentina, como en el resto de Andalucía, disminuyó la polarización social, política e ideológica, por lo que los grupos sociales que a lo largo de los tiempos habían definido a las imágenes sagradas, a las cofradías y a la propia Semana Santa como símbolos, asociaciones y fiestas pertenecientes en exclusiva al ámbito religioso, y como señas de identidad de las clases dominantes, van tomando conciencia de que se trata de un conjunto de indiscutible raíz religiosa pero que “son referentes de identificación colectiva, no ligados necesariamente a sectores oligárquicos y conservadores”16. Los grupos que conforman la cofradía y la santería lucentinas proporcionan una fuente interesante para analizar la interacción de los niveles simbólico (lo que se es como cofrade o santero) y real (lo que se es en la vida cotidiana) y sus implicaciones socioeconómicas17.
5.- La Santería y el Patrimonio Inmaterial
En marzo de 2025 la Consejería de Cultura y Deporte incoó el procedimiento para inscribir en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz (CGPHA) como Bien de Interés Cultural, con la tipología de Actividad de Interés Etnológico, la Santería de Lucena.
En el Proyecto para el Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía (Subbética Cordobesa), elaborado por María del Rosario Ortiz Amores (2009), en el cual fui informante, se hace constar cómo desde la primera década del siglo XX se ha registrado de forma destacada y amplia en Lucena el fenómeno de la Santería.
He definido la Santería, y así se recoge en el apartado de bienes relacionados dentro del código 1701011 correspondiente a la Romería de Bajada de la Virgen de Araceli del Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía, como un sistema de asociación temporal de personas, hasta la fecha varones (santeros), cuya finalidad fundamental es portar a hombros los tronos procesionales de una manera peculiar llamada “santear”. La Santería comprende evidentemente la actividad de santear (verbo activo), acción que se encuadra dentro del campo de las artes representativas, pues existen diferentes formas estéticas de portar los tronos, formas que en este caso se denominan “pasos” y que vienen a contribuir dramáticamente a la escenografía de las imágenes que los santeros llevan sobre sobre sus hombros. La acción de santear está, en consecuencia, sujeta a una serie de normas de solemnidad y respeto a los principios fundamentales de la referida representación dramática.
La Santería en su conjunto es un ritual, perfectamente clasificable y calificable como una manifestación patrimonial de naturaleza inmaterial. La UNESCO determina que el patrimonio cultural inmaterial lo constituyen los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas, junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes.
Al ritual de la Santería es de absoluta aplicación todo lo expuesto por la UNESCO (2003) en relación con los elementos constituyentes del patrimonio cultural inmaterial. Forman parte de la Santería representaciones y expresiones artísticas y tradicionales, transmitidas de generación en generación. Se trata de un ritual recreado constantemente por la comunidad o grupo en función de su entorno (físico y de sentimientos), al mismo tiempo que surge en sus manifestaciones la identidad y continuidad del propio grupo y su interacción con el espectador, a quien se le presenta como algo diferenciado e igualmente identitario.
Y es que este bien cultural inmaterial que es la Santería presenta nítidamente una identidad, un conjunto de rasgos que lo caracterizan ante otras formas con semejantes fines. Derivados de este concepto de identidad nos encontramos con dos expresiones. De una parte, la identificativa, que es la que nos sirve para reconocer algo o a alguien, pero de manera aislada. Identificativo es, valga la redundancia, el documento nacional de identidad: corresponde a una persona independientemente de su entorno. Identitario es, por el contrario, lo que nos hace reconocer algo o a alguien, pero en función de su pertenencia a una comunidad o grupo.
La Santería tiene un valor identitario, se ha convertido a lo largo de su historia en un importante contexto para la reafirmación y reproducción de identidades colectivas, esto es, de elementos identitarios. Y precisamente para la conservación de su valor identitario se ha de proteger por los poderes públicos encargados de la conservación del patrimonio, en este caso, inmaterial. Todo ello sin perjuicio de que como fenómeno vivo que es, la Santería siga su evolución de forma natural en sus aspectos no sustanciales.
6.- Comensalismo ritual
La santería tiene su escenario interno fundamental en las juntas de santeros, exponentes rituales previos a la salida procesional del comensalismo colectivo y donde se emplea una peculiar manera de comunicación mediante la llamada saeta borrachuna.
Otra resignificación que se ha experimentado en el mundo de la santería ha sido la correspondiente al llamado comensalismo ritual, presente desde siglos en torno de las manifestaciones de religiosidad tradicional, como se documenta fácilmente recurriendo a las proverbiales prohibiciones de la autoridad eclesiástica en las que el prelado condenaba con dureza los excesos en la comida y bebida por parte de los participantes en las procesiones.
Con fecha 11 de marzo de 1785 al vicario de Lucena, don Juan Martínez de Gálvez, se le remite escrito del obispado de Córdoba donde el vicario general, don José Antonio Garnica, expresa:
que tiene noticia del ningún efecto que los repetidos mandatos de los obispos de la diócesis en orden a los pecaminosos y escandalosos gastos que en dicha ciudad [Lucena]
se tienen los días de la Semana Santa con motivo de las procesiones, puerta franca a francachelas y convites de que resultan embriagueces y fracciones [quebrantamiento] de ayuno que debemos evitar aplicando el remedio más oportuno a que cesen estos tan pecaminosos defectos, mandamos a dicho vicario comparezca ante sí a los quadrilleros de las referidas cofradías y les haga saber no tengan convites ni den con pretexto alguno semejantes refrescos a ninguna clase de personas en los días de Semana Santa con motivo de las procesiones, con la pena de privación de oficio a quienes lo ejecutaren y demás que sean de nuestro arbitrio, que se pondrán en práctica luego que tengamos noticia del quebrantamiento de esta tan saludable providencia. [Disponiendo asimismo dicho vicario] se lea y publique este nuestro Despacho en la iglesia mayor de la expresada ciudad [lo que efectuó el Domingo de Ramos, 20 de marzo] para que a todos conste y que sus fractores se hagan acreedores a pena condigna a su obediencia18.
Como se puede observar en ese mandato del Obispado se usan términos muy de la Semana Santa de Lucena como son cuadrillero, gasto y refresco; en la actualidad los dos últimos perviven en la jerga santera, estando prácticamente en desuso en el lenguaje común en cuanto a su acepción equivalente a celebración gastronómica.
El referido comensalismo ritual de las juntas de santeros se completa en tres tiempos: con el café que se comparte como un alto en el paseíllo, con el refresco al término de la procesión y con el gasto, jornada que constituye el punto final de cada santería como asociación temporal.
El comensalismo ritual es consustancial a la celebración pasionista local. Esta preocupación por el comensalismo semanasantero no era nueva en la jerarquía eclesiástica cordobesa, como además se indica en la disposición que acabamos de hablar de ella. Ya se encuentran a las disposiciones del obispo Siuri y a su edicto de 1718. En él se lee que la Semana Santa es «tiempo de mortificación y penitencia» y que «se suele profanar con algunas comidas y refrescos que hacen los mayordomos de las cofradías«19.
El comensalismo ritual asoma también en las anotaciones de los libros de las antiguas corporaciones pasionistas lucentinas. Como muestra, diré que la cofradía de la Soledad en el siglo XVIII obsequiaba a sus hermanos una vez finalizada la función del martes de Pascua con una mistela, elaborada con agua, azúcar, canela, aguardiente y sándalo, chocolate, bizcochos y rosquillos.
En 1824, el Martes Santo, en plena efervescencia absolutista, el Ayuntamiento hace saber un bando en el que expresa:
Desde el momento de la publicación de este bando, todos los taberneros y mujeres encargadas en puestos de licores cerrarán sus puestos de noche y día hasta el segundo de Pascua, sin permitir despachar bebidas ni licores a ninguna persona, bajo la pena al que contravenga de ponerlo en la Real Cárcel y de exigirle 10 ducados de multa con la aplicación ordinaria.
Se prohíbe que los fabricantes o cosecheros con toneleras de vino, aguardientes y otros licores admitan en sus casas reuniones de personas, vecinos o forasteros, para darles de beber en ellas por cuartillas, jarrillos o medios, bajo el concepto de que a los que contravengan se les aplicará las penas establecidas en el anterior artículo.
Los dueños o arrendadores de posadas no permitirán que los arrieros, trajinantes o forasteros que vendan en ella beban vinos ni licores en la forma dicha anteriormente, pues serán castigados con el mayor rigor.
Se encarga y exhorta a este católico vecindario que en las procesiones y visita de las estaciones observen la mayor devoción, sin que por ningún motivo se desvíen de la circunspección y decoro que exigen tan religiosos actos.
El caballero Alguacil Mayor de este Juzgado, los ordinarios, guardas mayores y menores del campo y demás dependientes de Justicia cuidará cada uno en la parte que le toca del cumplimiento de los precedentes artículos, por lo que en ello se interesa la causa pública y bien general de este vecindario20.
Este bando, que nos da idea de la represión propia del momento histórico, nos habla de reuniones con vino y otras bebidas en Semana Santa. Lo único que le falta al bando es que prohíba que las personas se canten unas a otras.
El comensalismo ritual, pues, es una constante en la Semana Santa de Lucena. Y la bebida, en cantidad respetable. No tratemos de cambiar la historia, no nos engañemos. Ocultar elementos, presentes o históricos, de la cultura, tiene en Antropología una denominación: castración cultural. Y en ella caemos, por ejemplo, cuando siendo infieles a la historia, no usamos la expresión saeta borrachuna.
Fotografía: Jesús Cañete Fernández
Notas al pie:
1 Palma Robles, Luisfernando. “La Santería y otras manifestaciones del patrimonio inmaterial de la Semana Santa de Lucena (Córdoba)”. En Campos Fernández de Sevilla, Javier (coord.). Patrimonio inmaterial de la cultura cristiana. San Lorenzo del Escorial: Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas, 2013, p. 571.
2 Moreno Navarro, Isidoro. “La vitalidad actual de la Semana Santa andaluza: modernidad y rituales festivos religiosos populares”. Demófilo. Fundación Machado (Sevilla) 23 (1997), pp, 188 y 189.
3 Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares, 1783-7-21.
4 Palma Robles, Luisfernando. “Notas taurinas sobre la santería”. Entrevarales (Lucena) 3 (1993), pp. 4 y 5.
5 X. “Las procesiones”. La Voz de Lucena 153 (1906), p 1.
6 Anónimo. “Noticias”. El Adalid Lucentino 16 (1904), s/p.
7 Anónimo. “En las procesiones de Semana Santa. Boceto de un tipo”. Revista Aracelitana (Lucena) 65 (1913), pp. 36 y 37.
8 Anónimo “Crónica local. Las procesiones de Semana Santa”. Revista Aracelitana (Lucena) 170 (1916), s/p.
9 Actas de la Archicofradía de la Veracruz y Paz de Lucena (Reprografía), 1885-3-8.
10Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (dirs.). Gramática descriptiva de la Lengua Española. Real Academia Española. Tomo III. Madrid: Espasa, 1999, p. 4.675.
11 Moliner; María. Diccionario de uso del Español. Tomo II. 2ª edición. Madrid: Ed. Gredos, 1998, p. 741.
12 Gutiérrez Cuadrado, Juan. “La lengua del Quijote”; rasgos generales”. En Rico, Francisco (dir.). Edición del Instituto Cervantes de Don Quijote de la Mancha. Volumen complementario. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2004, p. 848.
13 Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española (DRAE). 23ª edición. Edición del Tricentenario. Madrid: Espasa, 2014, p.919.
14 Ideales. Lucena. 65 (1937), s/p.
15 Conviene tener presente que se trata de los mismos conceptos de horizontalidad y verticalidad que usa el maestro Moreno Navarro en su fundamental obra sobre las hermandades andaluzas en cuanto a la integración de sus componentes se refiere. V. Moreno Navarro, Isidoro. Las Hermandades Andaluzas Una aproximación desde la Antropología. 2ª edición ampliada. Universidad de Sevilla, 1999, p. 49.
16 Moreno Navarro, Isidoro. “La Semana Santa en la cultura andaluza”. En Moreno Navarro, Isidoro (coord.). Artes y Artesanías de la Semana Santa Andaluza.1. La Semana Santa como Patrimonio Cultural de Andalucía. Sevilla: Ed. Tartesso, 2006, pp. 24 y 25.
17 Plata García, Fuensanta. “La conservación del patrimonio etnológico de la Semana Santa de Lucena”. En Palma Robles, Luisfernando (coord.). Conservación del patrimonio cofradiero. Lucena: Excmo. Ayuntamiento, 1987, p. 51.
18 Archivo Parroquial de San Mateo de Lucena. Disposiciones y visitas pastorales. 1785.
19 Cf. Palma Robles, Luisfernando. «Las disposiciones del obispo Siuri y la Semana Santa de Lucena”. Alto Guadalquivir (Córdoba) (1995), p. 102.
20Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares, 1824-4-13.
