Patrimonio
Patrimonio Escultórico
La imaginería de Lucena: cinco siglos de fe convertidos en patrimonio
Lucena conserva uno de los conjuntos de imaginería religiosa más ricos y diversos de Andalucía. A lo largo de más de cinco siglos, la ciudad ha reunido un extraordinario patrimonio escultórico que refleja la evolución artística, devocional y cultural de su Semana Santa. Desde el siglo XVI hasta nuestros días, grandes maestros del barroco andaluz y reconocidos imagineros contemporáneos han dejado su huella en un legado que hoy constituye uno de los grandes atractivos patrimoniales de la ciudad.
El patrimonio escultórico de Lucena se ha ido configurando a lo largo de los siglos gracias a la aportación de numerosos imagineros que abarcan desde el barroco andaluz hasta la escultura contemporánea. Entre los maestros de los siglos XVII y XVIII destacan figuras como Pedro Roldán Onieva, Pedro de Mena Medrano, Alonso Cano, Francisco Salzillo, Diego de Ramos y Blas Molner, junto a atribuciones a Luisa Roldán “La Roldana” y obras vinculadas a la Escuela Granadina o al entorno de Diego de Mora, además de diversas tallas anónimas de los siglos XVI al XIX que forman parte del patrimonio histórico de la ciudad.
A ellos se suman escultores activos entre los siglos XVIII y XIX, como Diego Márquez Vega, Luis Tibao, Miguel Verdiguier, Andrés Cordón, Pedro Muñoz de Toro, Felipe González y José de Medina, responsables de algunas de las piezas más significativas del conjunto. Ya en el siglo XX, la imaginería lucentina incorpora obras de autores como Antonio Castillo Lastrucci, Juan Martínez Cerrillo, Luis Álvarez Duarte y Miguel Ángel González Jurado, junto a la producción de los Talleres de Olot. En las últimas décadas, el patrimonio se ha ampliado con nuevas imágenes realizadas por imagineros contemporáneos como Francisco Romero Zafra, Manuel Luque Bonillo, Juan Manuel Miñarro y Ventura Gómez, a los que se suman los escultores lucentinos Francisco Javier López del Espino y Daniel Henares Paredes, que continúan enriqueciendo este legado artístico.
Junto a las imágenes que cada año procesionan durante la Semana Santa y en las celebraciones de gloria, existen también numerosas tallas que se conservan en los templos lucentinos y que no participan en desfiles procesionales, pero que forman parte igualmente de este importante patrimonio devocional y artístico que puede contemplarse a lo largo del año en parroquias, capillas, ermitas y conventos de la ciudad.
Siglos XVI y XVII: los orígenes de la imaginería lucentina
La imaginería en Lucena arranca en el siglo XVI, y a la cabeza de este elenco escultórico destaca la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, talla anónima de mediados de esta centuria que constituye una de las devociones más arraigadas del municipio y referencia central de su tradición cofrade, y que probablemente se alce como la imagen de vestir más antigua que procesiona en la Semana Santa de Andalucía. De esta misma época procede también el Santísimo Cristo de la Sangre, talla anónima de origen colonial realizada en el siglo XVI y elaborada por los indígenas de Nuestra España, actual Méjico, realizada en pasta vegetal. También destaca Nuestra Señora de las Angustias de Santo Domingo de Guzmán —con la Virgen atribuida a Luisa Roldán “La Roldana” y el Cristo de talla anónima del siglo XVI—.
Durante el siglo XVII se consolida el desarrollo artístico de la imaginería lucentina con obras vinculadas a la escuela granadina y al barroco andaluz. De este periodo datan imágenes como Nuestro Padre Jesús de la Columna, obra de Pedro Roldán Onieva realizada en 1675, al que acompañan actualmente un soldado y un sayón realizados por Juan Manuel Miñarro en 2003.
También pertenecen a esta centuria Nuestro Padre Jesús Preso, Nuestro Padre Jesús Caído, María Santísima de la Amargura y el Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia, todas ellas vinculadas a la Escuela Granadina. En este mismo contexto artístico se sitúan Nuestro Padre Jesús de la Humildad y María Santísima de los Dolores, ambas atribuidas a Pedro de Mena Medrano y su círculo, así como Nuestro Padre Jesús en el Sagrado Lavatorio, igualmente atribuido a este imaginero del siglo XVII.
Mención singular merece el Santísimo Cristo del Amor, cuya cabeza se atribuye a Alonso Cano a finales del siglo XVII, mientras que el cuerpo fue realizado por Luis Tibao y Andrés Cordón en 1808.
Siglo XVIII: expansión barroca
El siglo XVIII amplía el patrimonio escultórico con nuevas devociones y obras de gran valor artístico. Entre ellas se encuentra Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli, realizado por Diego de Ramos en 1713, así como María Santísima de Pasión y Ánimas, talla anónima de comienzos del siglo XVIII. También pertenece a este periodo San Juan Evangelista, obra del escultor murciano Francisco Salzillo. De 1769 data Nuestro Padre Jesús en su Entrada a Jerusalén, obra de Diego Márquez Vega, acompañado por las figuras de la asna y el pollino realizadas por Luis Tibao en 1779. En el ámbito mariano destaca Nuestra Señora de los Dolores Servitas, atribuida a Blas Molner en 1786.
En este periodo se sitúa también el Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo, obra atribuida a Miguel Verdiguier. A comienzos del XIX se sitúa también Nuestra Señora de las Angustias, conocida como Virgen de Piedra, tallada por Blas Molner en 1800.
Siglo XIX: desarrollo artístico y producción local
Durante el siglo XIX continúan incorporándose importantes obras al patrimonio lucentino. Destaca la producción del escultor Pedro Muñoz de Toro, autor del Santísimo Cristo de la Humillación y del Cristo de la Crucifixión, ambos del siglo XIX. En el primer caso, la escena se completa con dos soldados romanos realizados por Ventura Gómez a finales del siglo XX, mientras que el misterio de la Crucifixión se ha enriquecido recientemente con dos soldados romanos y un centurión a caballo realizados por el imaginero lucentino Francisco Javier López del Espino en 2024. A este siglo pertenece también Nuestro Padre Jesús del Valle, obra de la Escuela Granadina, que actualmente procesiona acompañado por la figura del Cirineo realizada por el escultor lucentino Daniel Henares en 2025.
Del mismo siglo es igualmente la Alegoría de la Santa Fe, obra de Andrés Cordón y probablente de las pocas escenas con esta representación en todo el territorio nacional.
Siglo XX: el impulso neobarroco
El siglo XX aporta nuevas obras al patrimonio escultórico de la ciudad, en muchos casos vinculadas al resurgimiento del estilo neobarroco andaluz. Entre ellas se encuentra Nuestro Padre Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén, procedente de los Talleres de Olot y realizado en 1928. En el ámbito mariano destacan María Santísima del Mayor Dolor, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1959, y María Santísima de la Paz “Campanitas”, realizada por Juan Martínez Cerrillo en 1983.
También pertenecen a este periodo diversas imágenes del escultor Luis Álvarez Duarte, como Nuestra Señora de la Soledad (1988), Nuestra Señora del Socorro (1995), Santa Mujer Verónica (1995), Santa María Magdalena (1996) y María Santísima de la Estrella (2000). De finales del siglo XX es igualmente María Santísima de la Paz y Esperanza, obra de Miguel Ángel González Jurado en 1992.
En las últimas décadas del siglo XX la imaginería lucentina continúa creciendo con nuevas aportaciones contemporáneas. Entre ellas se encuentra Nuestro Padre Jesús de la Bondad, realizado por Francisco Romero Zafra en 1995, así como Nuestro Padre Jesús de la Agonía Orando en el Huerto, obra de Manuel Luque Bonillo en 1996, acompañado posteriormente por un ángel, obra del propio Luque Bonillo en 1997, y tres apóstoles realizados por el mismo autor en 2015. También pertenecen a este escultor María Santísima del Divino Consuelo y San Juan Evangelista, realizados por Francisco Romero Zafra en 1997,
Siglo XXI: imaginería contemporánea
El siglo XXI también ha ampliado el patromonio escultórico lucentino, con tallas como la de Nuestra Señora de los Ángeles, obra del citado Francisco Romero Zafra en 2001. Dentro de la imaginería más reciente destacan dos escultores lucentinos: Francisco Javier López del Espino, autor de Nuestro Padre Jesús de la Caridad (2015) —acompañado posteriormente por la imagen de Herodes realizada por el propio autor en 2019— y de Nuestro Padre Jesús Resucitado (2025).
Imágenes de Gloria
El patrimonio escultórico lucentino se completa con diversas imágenes de Gloria que protagonizan celebraciones devocionales a lo largo del año. Entre ellas destaca María Santísima de Araceli, patrona de Lucena y del campo andaluz, talla anónima realizada hacia 1562.
También encontramos a María Santísima de la Aurora, atribuida a José de Medina a mediados del siglo XVIII; San José Artesano, atribuido al entorno de Diego de Mora a finales del siglo XVII; Nuestra Señora del Valle y Santa Marta, tallas anónimas del siglo XVII; Nuestra Señora del Carmen, realizada por Felipe González en 1798; Santiago Apóstol, obra de Andrés Cordón en la primera mitad del siglo XIX; y Santa Teresa de Jesús, talla anónima del siglo XIX.