Semana Santa
Cuaresma
En Lucena, la Cuaresma trasciende la condición de simple preparación litúrgica para convertirse en uno de los periodos de mayor intensidad espiritual, social y cultural del calendario local. Desde el Miércoles de Ceniza hasta la llegada del Domingo de Ramos, la ciudad activa un complejo entramado de cultos, rituales, encuentros y manifestaciones populares que transforman la vida cotidiana y convierten templos, calles, casas de hermandad y talleres artesanos en espacios de convivencia y memoria colectiva.
Durante estas semanas, Lucena vive inmersa en una atmósfera propia marcada por los sonidos del tambor, los cultos cuaresmales, los besamanos, los vía crucis, los montajes de tronos y la actividad constante de cofradías y hermandades. La preparación de la Semana Santa moviliza a miles de personas y mantiene vivos numerosos oficios tradicionales, formas de organización comunitaria y prácticas transmitidas oralmente de generación en generación.
La Cuaresma lucentina constituye, en definitiva, una expresión fundamental del patrimonio inmaterial de la ciudad. Un tiempo profundamente arraigado en la identidad colectiva, donde religiosidad popular, patrimonio, tradición y participación ciudadana se integran de forma natural y continua, anticipando la llegada de una de las celebraciones más singulares de Andalucía.
Un calendario que se vive en la calle y en los templos
Durante estas semanas se suceden cultos y actos que marcan el pulso cuaresmal: cultos litúrgicos, triduos y quinarios, vía crucis por el casco histórico, misereres, pregones, besapiés y besamanos. Destaca el montaje de altares de cultos en estos días, realizados por los componentes de las diversas cofradías y hermandades quienes, cada año, se esmeran por mostrar a sus titulares con especial cuidado estético, devocional y simbólico. En los días más próximos al inicio de Semana Santa, también se puede contemplar en los templos los pasos procesionales preparados para su estación penitencial, donde mayordomos, camareras, encargados del exorno floral y de la cera, así como los miembros de cofradías y hermandades, se encargan de que no falte ningún detalle para engalanar los tronos de sus titulares.
Entre las citas con sello propio destacan dos vía crucis de profunda raigambre: el del Santísimo Cristo de la Humillación —portado a hombros por mujeres de la cofradía— y el del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia (Silencio), considerado el más antiguo de la ciudad.
En el capítulo musical, los misereres ocupan un lugar especial —como el de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que se celebra todos los viernes del año y en Cuaresma cuenta con la participación de la Hermandad de Tambores y del Coro de la Cofradía de la Sangre, o el de Nuestro Padre Jesús Caído con el célebre Miserere de Allegri interpretado por el Coro de Cámara Elí Hoshaná— junto a conciertos de marchas procesionales y recitales de saetas.
Aunque el calendario y las fechas concretas cambian cada año, el patrón es constante: liturgia, música, formación y divulgación se entrelazan para preparar a cofrades y visitantes para la Semana Mayor.
Miserere Nuestro Padre Jesús Nazareno – Fotografía de Jesús Cañete Fernández
Vía Crucis Santísimo Cristo del Silencio – Fotografía de Jesús Cañete Fernández
Santería en tiempo de Cuaresma: las juntas
La santería —arte ritual de portar los pasos a hombros, a cara descubierta y al ritmo del tambor— se hace especialmente visible en Cuaresma. Es el momento de las juntas en las que el manijero da las órdenes su cuadrilla y pule el movimiento del trono, destacando la Junta Marca que sirve para igualar la altura de los santeros. Todo siguiendo el legado de normas no escritas de respeto y solemnidad transmitidas entre generaciones.
Al sonar el tambor —y, en determinados pasos de Pasión, el torralbo— durante las juntas de santería se trabajan los estilos que identifican a Lucena. Ese código estético, depurado durante décadas, convierte cada salida en arte en movimiento.
Aunque el momento culmen de la santería llega en Semana Santa, la Cuaresma sirve para reforzar su valor como patrimonio inmaterial. Reconocida como Bien de Interés Cultural Nacional, esta forma única de portar los pasos —a hombros, a cara descubierta, bajo las órdenes del manijero y al compás del tambor y el torralbo— no se ensaya: se vive en plenitud en el instante procesional.
En estos días, el visitante aprende el vocabulario propio de este arte —horquillo, varal, cuña, paseíllo, contras…— y descubre su carácter ritual, social y simbólico.
Patrimonio abierto: imaginería, templos y rutas
La Cuaresma es un magnífico momento para adentrarse en el patrimonio lucentino. Las iglesias abren sus puertas con cultos y montajes efímeros que permiten contemplar de cerca una imaginería de gran valor histórico-artístico: desde titulares documentados en los siglos XVI y XVII hasta obras contemporáneas. De la mano de guías locales se programan visitas temáticas que ayudan a interpretar este conjunto, como las rutas de imaginería de Pasión por ermitas e iglesias. Estas propuestas ponen contexto a las devociones, explican iconografías y acercan el lenguaje propio de la santería a quien se acerca por primera vez. Además, algunas Casas de Hermandad abren sus puertas para conocer el patrimonio de arte sacro que atesoran.
Artesanía cofrade y pregones de Cuaresma
Lucena es también ciudad de talleres. En torno a la Cuaresma, orfebres, broncistas, tallistas, sastres, bordadoras e imagineros trabajan a pleno rendimiento: se bruñen candelerías, se revisan varales y timbres, se doran tronos, se estrenan insignias o se afinan restauraciones. Algunos oficios —como la orfebrería y el bronce— tienen aquí una proyección internacional, con piezas que viajan a hermandades de toda España y del exterior. La posibilidad de visitar estos espacios (cuando se programan jornadas abiertas) permite comprender la trastienda material de la Semana Santa lucentina y reconocer el valor económico y cultural que la artesanía aporta al ecosistema cofrade. A ello se suma el Pregón de la Semana Santa, organizado por la Agrupación de Cofradías de Lucena, y los propios organizados por las cofradías y hermandades, género que cada año convoca a periodistas, historiadores, músicos y cofrades para proclamar, interpretar y contar la Semana Santa desde perspectivas nuevas.
Besapie María Santísima de la Paz Campanitas – Fotografía Jesús Cañete Fernández
Gastronomía de vigilia, formación y hermandad
La mesa lucentina también se pone de Cuaresma. Bares, restaurantes, conventos y confiterías participan de la gastronomía en la que destacan los platos de vigilia (sin incluir carne) y dulces como las torrijas, pestiños, roscos o flores. Es una puerta de entrada deliciosa para el visitante y una forma tangible de transmitir tradición en familia.
La Cuaresma es también tiempo de formación: charlas sobre historia, liturgia, arte y conservación patrimonial; ensayos de música; convivencias; campañas de caridad. Un rasgo muy lucentino es la temprana implicación de la juventud. Actividades en las casas de hermandad acercan a los más pequeños a esta tradición. Esa educación religiosa y devocional explica la continuidad de la tradición y su renovación constante.
CONSEJOS PARA EL VISITANTE
- Consulta la agenda actualizada: aunque los actos se repiten cada año, días y horas varían según el calendario litúrgico y la programación de cada cofradía.
- Visita el patrimonio monumental y escultórico: es un buen momento para disfrutar, sin tanto público, del rico patrimonio religioso que alberga la ciudad.
- Aprovecha las visitas guiadas y rutas turísticas: ayudan a leer la iconografía, a entender el movimiento de los tronos y a situar cada imagen en su contexto histórico.
- Aprende más sobre la Semana Santa: consultado algunas de las numerosas publicaciones que se han escrito sobre esta tradición a lo largo de los años.
- Saborea la gastronomía: los platos de vigilia y los dulces tradicionales completan la experiencia.
- Valora la artesanía: si hay jornadas abiertas en talleres, es una oportunidad única para ver de cerca cómo se crean y mantienen los enseres.
Besapie Cristo de la Sangre – Fotogragía Jesús Cañete Fernández



