Semana Santa

Historia

La Semana Santa de Lucena es una de las manifestaciones de religiosidad popular más antiguas, singulares y ricas de Andalucía. Declarada Fiesta de Interés Turístico de Andalucía en 2003, la ciudad trabaja actualmente para su reconocimiento como Fiesta de Interés Turístico Nacional, avalada por una trayectoria que hunde sus raíces en el siglo XVI y un patrimonio vivo e inmaterial que ha sobrevivido a crisis políticas, económicas y religiosas, adaptándose y proyectándose con fuerza en el siglo XXI.

Su seña de identidad, la santería, reconocida en 2025 como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial, es mucho más que una técnica procesional: es un modelo ritual, autónomo y único en el mundo, transmitido oralmente de generación en generación, que articula un lenguaje simbólico, una estética y una liturgia propias. La santería ha trascendido el ámbito estrictamente religioso para convertirse en un fenómeno social, cultural y económico de gran relevancia, motor de cohesión y elemento de proyección internacional.

Es importante recalcar que la historia de la Semana Santa de Lucena está ligada tanto a la evolución de sus cofradías y hermandades, entes que sustentan y conservan el patrimonio de arte sacro, como a la propia evolución de la Santería que, independiente de las cofradías, es la organización en cuya misión descansa la propia procesión de las imágenes. En Lucena, la cofradía o hermandad encarga la salida procesional a un cuadrillero o manijero, en función de la institución, y éste se encarga de ‘aviar’ al conjunto de hombre que, conformando una cuadrilla, procesionan los tronos. Así, un manijero o santero no está adscrito a una cofradía, pudiendo procesionar en su vida santera todos los pasos que conforman la Semana Santa lucentina. 

Orígenes y contexto histórico

La religiosidad popular lucentina, como en buena parte de España, se ve reforzada a raíz del Concilio de Trento (1545-1563), que impulsa el culto público a las imágenes como herramienta catequética y de reafirmación frente a la Reforma protestante. Las cofradías penitenciales surgen entonces como asociaciones abiertas, con funciones piadosas, asistenciales y de cohesión social: cuidado de expósitos, atención a enfermos y presos, sepultura digna y sufragios por los difuntos.

La primera hermandad lucentina con existencia constatada documentalmente, la de Nuestra Señora de la Asunción, es representativa de lo señalado, ya que se encargaba del cuidado de los niños expósitos, función que también realizó la de la Santa Caridad, a lo que se sumó la asistencia de enfermos y la asistencia a presos y reos de muerte en capilla.

En algunos casos, constituyó factor determinante para la constitución de algunas hermandades el refuerzo de vínculos gremiales, profesionales y, en ocasiones, de proximidad geográfica a través de un santo patrón o una advocación generalmente mariana. Tampoco faltaron agrupaciones devotas especialmente asociadas a los barrios.

En 1554 se documenta la Santa Veracruz, vinculada a los franciscanos. La centuria del Quinientos fue un periodo rico en fundaciones cofrades que, pese a notables pérdidas, dejaron muestras indelebles de su presencia en la ciudad. A lo largo de dicho siglo surgieron numerosas cofradías; de éstas, las pasionistas: Nuestra Señora del Carmen, Nuestra Señora de la Pasión, Santa Veracruz, Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad.

Desde el inicio, estas corporaciones realizaron una función catequética e a las procesiones de Semana Santa diferentes tipos de disciplinantes conocidos como hermanos de sangre, que incluían la práctica de la mortificación corporal, o hermanos de luz, portadores de velas o hachas de cera. Otra de las prácticas habituales de las cofradías de penitencia era el ejercicio del vía crucis. 

Siglos XVII y XVIII: esplendor y control

El Barroco trae un auge sin precedentes: se multiplican las cofradías, se enriquecen las capillas y se adquieren nuevas imágenes y enseres. La Plaza Nueva se convierte en gran escenario de la religiosidad pública, con procesiones multitudinarias y un fuerte componente de participación ciudadana.

Pero el siglo XVIII introduce un cambio. El regalismo borbónico y el pensamiento ilustrado critican las cofradías por su “exceso” de actos externos. El Real Decreto de Carlos III de 1784 limita gastos, prohíbe determinadas prácticas y obliga a regularizar constituciones. El Concordato de 1753 subordina a la Iglesia a la Corona en lo temporal, reduciendo la autonomía cofrade.

Durante el reinado de Carlos IV, en 1798, con permiso de la Santa Sede y con el propósito de aminorar la Deuda Pública, fue puesto en marcha un proceso desamortizador que afectó a varias cofradías lucentinas, obligadas a invertir el importe de la enajenación de algunos bienes en vales reales, cuya renta disminuyó paulatinamente hasta desaparecer.

Siglo XIX: crisis, desamortizaciones y resistencia

El obispo Pedro Antonio de Trevilla (1805-1832) impone severas reformas y, en 1820, se conoció un decreto del diocesano, aprobado por su Consejo de Cámara y Gobierno por el que se reducían las celebraciones a la tarde del Viernes Santo. Estaban también taxativamente prohibidos los palios y los vestidos impropios en las imágenes, ni alhaja alguna de piedras, oro, plata, peinado, ni otro ornato que desdijese por cualquier respecto. También quedaban suprimidos los pasos del Descendimiento, de los Apóstoles, Discípulos, Ángeles, Sibilas o Virtudes, así como túnicas, caperuzas, morriones, soldadesca, ni distinción alguna que pueda llamar la atención. El antiguo paso a correón —imágenes portadas con correa sobre el pecho— se prohíbe formalmente en 1838.

Transcurrido el primer tercio del siglo XIX, el mundo cofrade lucentino mantuvo un largo declive que conduciría a varias de las grandes hermandades locales y a la mayoría de las menores a una prolongada decadencia o a la extinción. En el caso de Lucena, resultaron especialmente perjudicadas las cofradías que hacían estación de penitencia en la Semana Santa, como la de Pasión, la Santa Veracruz o Nuestra Señora de la Soledad, traduciéndose en una gran disminución del número de cofrades, así como la mengua de limosnas y donaciones con las que las cofradías habían contado hasta entonces. Finalmente, la extensión del laicismo también contribuyó al debilitamiento de las hermandades. La cofradía de Jesús Nazareno pudo mantenerse por encima de todas las crisis, sustentada tanto por la gran devoción popular hacia la imagen de Nuestro Padre, como por la pujanza de su cofradía, en la que pertenecer a la junta de gobierno constituía un signo de prestigio social.

Santería y renacimiento en el siglo XX

A finales del XIX y principios del XX, en un contexto de anticlericalismo creciente, se consolida la santería como modo propio de portar los pasos: a hombros, a cara descubierta, bajo las órdenes del manijero, al son del tambor y el torralbo. El término “santero” aparece por primera vez en prensa en 1907. Heredera de los correonistas, la santería dota de una estética singular a las procesiones: estilos como el botao, el maseteao o el coleao definen el paso y su ritmo, adaptado al carácter de la imagen al son del toque del tambor. Quizás el fenómeno de la santería, que se configuraba en los años finiseculares del XIX y asentada favorablemente en el pueblo, sirvió de acicate a las manifestaciones religiosas públicas de Lucena de la incomprensión e incluso hostilidad que éstas sufrieron en otras localidades españolas.

Durante la dictadura de Primo de Rivera y la posguerra, se produce un renacer cofrade con la fundación de nuevas hermandades como la de Jesús de la Columna, el Cristo de la Sangre o la Pollina. Estas hermandades nacientes se manifestaron brillantemente en las tardes del Domingo de Ramos y en las noches del Jueves y Viernes Santo lucentino. Eran una manifestación más de la coherencia católica conservadora de la dictadura y la religiosidad, con la participación activa del pueblo llano a través de la santería.

Sin pérdidas en el patrimonio artístico religioso durante la Guerra Civil, a partir de mediados del siglo XX el mundo cofrade lucentino vivió una larga crisis que se mantuvo durante casi dos décadas. En 1944 se crea la Agrupación de Cofradías y, en 1967, sólo hacían estación de penitencia diez pasos, ocho con santería, por encima de unas hermandades inoperantes e incluso inexistentes la presencia de los viejos titulares en las calles lucentinas. A partir de los años 70, con la recuperación de la democracia, la Semana Santa lucentina vive una expansión notable: aumento de cofradías, restauración de imágenes, enriquecimiento patrimonial y mayor implicación social.

Patrimonio material e inmaterial

Lucena es hoy un referente no solo por la santería, sino por el conjunto de bienes materiales e inmateriales que la rodean:

  • Talleres artesanos: orfebrería, fundición en bronce, bordado, escultura e imaginería, talla en madera, restauración y arte sonoro. Maestros locales con proyección internacional mantienen vivas técnicas seculares.
  • Patrimonio religioso: quince templos abiertos al culto incluyendo cinco parroquias, dos conventos (Franciscanos y Agustinas Recoletas), tres iglesias, dos ermitas, dos capillas y un santuario 
  • Patrimonio sonoro: toques de tambor y torralbo, saetas propias (Alcantarilla, Perrilleja), marchas procesionales de compositores lucentinos.
  • Casas de hermandad: centros de custodia, convivencia y actividad cultural durante todo el año.
  • Cuaresma: 40 días de intensa actividad con cultos, pregones, conciertos, exposiciones y visitas guiadas.
  • Semana Santa Infantil: más de un centenar de cuadrillas de niños procesionan pequeños tronos, transmitiendo la tradición a nuevas generaciones.

Semana Santa actual: vigor y singularidad

En la actualidad, procesionan en Semana Santa 38 pasos de Cristo, misterio y palio, además de la Santa Cruz. La Semana Santa lucentina mantiene un equilibrio entre tradición y renovación, con un calendario que abarca desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección y una implicación de toda la ciudad.

La santería es su columna vertebral: cuadrillas temporales, dirigidas por el manijero, portan los pasos en perfecta coordinación, creando un lenguaje visual y rítmico único. El visitante se introduce en un universo simbólico donde cada gesto y cada sonido tienen significado.

Proyección y reconocimiento

Lucena es miembro fundador de Caminos de Pasión y de la Red Europea de Celebraciones de Semana Santa y Pascua, lo que la sitúa en un contexto internacional de intercambio cultural y promoción turística. Su modelo de turismo religioso y patrimonial se basa en la autenticidad y en la experiencia directa.

Un patrimonio vivo y proyectado al futuro

La historia de la Semana Santa de Lucena no es una sucesión de actos fijos, sino un proceso vivo que ha sabido adaptarse a los cambios históricos sin perder su esencia. Hoy, la ciudad asume el reto de conservar y transmitir esta herencia con rigor y creatividad, integrando tradición y proyección exterior.

En la santería, en sus talleres, en el pulso de la Cuaresma y en el eco de su patrimonio, Lucena mantiene encendida la llama de un legado que no solo pertenece a sus cofrades, sino que se ofrece al mundo como expresión de fe, arte, devoción y comunidad viva los 365 días del año.

Fuente documental del texto: Libro ‘Nota para la historia de las cofradías lucentinas’ de Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena (2022).

Autor de las fotografías: Jesús Cañete Fernández.

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