La Santería
La Santería de Lucena: Orgullo, identidad y herencia
Los lucentinos somos tremendamente afortunados por albergar y haber sabido mantener, con ahínco y mimo, nuestra tradición más señera. La santería, reconocida en 2025 como Bien de Interés Cultural, constituye el eje vertebrador y el principal signo distintivo de una Semana Santa que, desde el año 2003, está declarada de Interés Turístico Andaluz.
Supone mucho más que un estilo o una técnica de procesionar las imágenes de pasión y gloria. Estamos ante un modelo único en el mundo, dotado de una liturgia propia, una estética ritualizada y una gestualidad que trasciende lo funcional para convertirse en lenguaje simbólico. Además, lejos de responder a cánones foráneos que encontramos en municipios vecinos de la Subbética cordobesa, la santería articula una tradición plenamente autónoma, transmitida oralmente y vivida por todos aquellos que la sienten durante los trescientos sesenta y cinco días del año.
Orígenes e historia de una tradición viva
La Semana Santa lucentina remonta su origen al siglo XVI, como otras tantas en Andalucía, aunque existen precedentes anteriores. Se consolida con fuerza a lo largo del siglo XVII y primera mitad del XVIII, momento en el que la ciudad vive un florecimiento cultural y religioso con la fundación de nuevas hermandades y el auge de la devoción pasionista, viviendo un importante declive en el siglo XIX marcado por las desamortizaciones y la prohibición de celebraciones públicas.
Concretamente, en 1838, la Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno decreta la supresión del antiguo sistema de porte conocido como paso a correón —en el que se utilizaban correas de cuero anchas para portar las andas enganchadas al pecho y que actualmente se mantiene en la localidad malagueña de Casabermeja—, y promueve el porte a hombros. Es precisamente este gesto el que marca el inicio de una evolución estética y simbólica que derivará en la santería actual.
Quizá el fenómeno de la santería, configurado en los años finiseculares del siglo XIX y profundamente arraigado en el sentir popular, actuó como un auténtico dique de contención frente a la incomprensión e incluso la hostilidad que las manifestaciones religiosas públicas padecieron en otras localidades españolas.
El término santero con el que el pueblo comenzó acertadamente a llamar a los antiguos insignieros o portadores de pasos, descendientes de los antiguos correonistas, aparece por primera vez, en letras de imprenta, en un artículo publicado en el número 99 del periódico local La Alianza de 1907 en el que se hace crónica de una procesión con la imagen de Santa Teresa, portada por «los llamados santeros que la llevaron…». La palabra santería proviene del acto de portar los santos, como se denomina coloquialmente en Lucena a los pasos procesionales.
A partir de la década de 1970, Lucena vive un nuevo esplendor con la refundación de varias hermandades, el incremento del patrimonio cofrade y la progresiva consolidación de la santería como forma exclusiva de portar los pasos. Hoy, Lucena procesiona imágenes todos los días de su Semana Mayor y lo hace con un modelo que es seña de identidad local y único en el mundo entero. A las santerías pasionistas, se suman las de Gloria que se desarrollan durante todo el año, siendo especialmente reconocida la de la patrona de Lucena y del campo andaluz, María Santísima de Araceli, cuya procesión principal se desarrolla el primer domingo de mayo.
Un modelo procesional singular y único en el mundo
La santería en Lucena es el modo excepcional de procesionar los tronos sobre el hombro, a cara descubierta y al ritmo del tambor, cuyo valor antropológico, etnográfico y emocional trasciende lo estandarizado. Es un rito único en el mundo repleto de señeros valores estéticos y profundamente humanos, siendo particular el hecho también de que no existen relevos y no se ensaya: se vive en plenitud en el instante procesional. Además del tambor, instrumento esencial para el desarrollo de la santería, existe también otro toque característico y propio de Lucena, el torralbo, una corneta que anuncia la llegada de determinados pasos con una melodía metódica.
Bajo las órdenes del manijero, santero designado por la cofradía para dirigir el paso al toque del timbre, la cuadrilla (compuesta por 24, 26 o 28 varones, 36 en el caso del trono de María Santísima de Araceli en la procesión el día de su onomástica) guía sus pasos al son del tambor variando en función de la imagen, dramatizando con ello la escenificación pasionista. Suelen portar cada uno entre 40 y 50 kilos de peso, dependiendo del trono.
El santero no interpreta un papel: encarna una herencia. Su paso firme y su disciplina compartida son expresión de un patrimonio inmaterial que se transmite de generación en generación, no existiendo reglas escritas. En este modelo se resume la forma de entender la religiosidad de un pueblo. Las cuadrillas se componen temporalmente para cada santería y sus miembros se eligen por afinidad, respeto y experiencia, sin que una misma cuadrilla se reproduzca para diferentes santerías más de una vez en la vida. Esta singularidad otorga a cada estación penitencial un carácter único e irrepetible, cargado de emoción y de un valor especial para quienes la viven.
El manijero lidera la cuadrilla y el porrillas, siempre desde fuera del trono, lr asiste. También destacan en la cuadrilla los esquineros (quienes ocupan las esquinas del trono) y el cuadrillero, figura responsable del nombramiento del manijero que, a día de hoy, solo se conserva en las cofradías de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nuestro Padre Jesús en su Entrada a Jerusalén y Nuestra Señora de la Soledad. En los restante casos, es la propia cofradía o hermandad de Pasión o Gloria la que designa al manijero seleccionado entre los aspirantes a tal honor que hacen saber su intención de mandar el paso mediante una carta remitida a la institución, siendo su Junta de Gobierno la encargada de nombrarle con una antigüedad mínima, en la mayoría de los casos, de un año.
Importante resaltar también que la santería ha generado un vocabulario propio que la define y que acumula centenares de expresiones propias, muchas de ellas provenientes de términos ligados al campo.No debemos olvidar que la economía de Lucena ha estado históricamente vinculada al mundo agrícola. De ahí que la santería se articule en torno a una cuadrilla de santeros —en clara analogía con las cuadrillas de jornaleros del campo—, organizadas y dirigidas por un manijero —figura equivalente al capataz que ordenaba y coordinaba las faenas de los trabajadores—. También recoge términos relacionados con el trabajo en las velonerías y en las tinajerías, de clara importancia en el municipio, e incluso del mundo taurino, como paseíllo o cortarse la coleta (o el capirote).
El camino que conduce al día de la Santería
El ciclo anual de la santería se inicia, una vez nombrado el manijero, con la recogida del timbre o campana al término de la santería inmediatamente previa a la suya, acto que marca el inicio simbólico de su compromiso y que suele ir seguido de una celebración por la concesión de la misma, denominada mojar el timbre o remojá de la campana. A partir de ahí comienza a aviar a su cuadrilla, seleccionando con mimo a cada santero. El manijero acude personalmente —por lo general sin previo aviso— al domicilio del elegido para expresarle su deseo de que forme parte del grupo. El compromiso se sella mediante un apretón de manos y el brindis con una copa de vino de la tierra, gesto que representa el respeto mutuo y la firmeza de la palabra dada. No existe documento ni contrato alguno: basta el valor del acuerdo verbal, sustentado en la tradición, la confianza y el honor.
Le siguen las juntas de santeros, encuentros repletos de simbolismo en los que se comparte comida y bebida (brindando con la misma copa y comiendo del mismo perol) en un ambiente fraternal. En ellas se estrechan lazos entre santeros, se refuerza la confianza en el manijero y se renueva la tradición oral de la santería, acompañados del toque del tambor (y del torralbo en los pasos que procede) y de las saetas de santería (repleta de poder, fuerza e ironía). Suelen celebrarse de cuatro a seis, principalmente en los últimos meses del año y Cuaresma (salvo en las santerías de Gloria que se desarrollan en otros momentos del año). Destacan, entre ellas, las juntas: oficial (a la que acuden miembros de la cofradía, autoridades y saeteros), de esquina (única para los santeros de una esquina concreta), sitios (donde el manijero otorga a cada uno su posición en el trono) y marca (en la que un marcaor experimentado —habitualmente santero retirado— talla la estatura de los santeros para, mediante cuñas de madera, igualar la altura de todos ellos debajo del trono). En una de las juntas, se suele hacer entrega al manijero (por cortesía de la cuadrilla) del timbre o campana que llevará el trono para anunciar el comienzo y final de los horquillos y que, de origen malagueño, se utilizó por primera vez en Lucena a finales del siglo XIX en los tronos de la Cofradía de la Veracruz y del Cristo de la Humildad. La galleta del timbre suele ser especialmente significativa haciendo alusión a la cofradía o hermandad del paso en cuestión. Además, destaca en todas las juntas, especialmente en la marca, las indicaciones que el manijero traslada a sus santeros sobre el modo en que quiere que se realice la santería, subrayando que la santería jamás se ensaya: se produce el mismo día de la procesión sin posibilidad de práctica previa más allá de la propia experiencia que el santeo atesora con el paso de los años. Sin tener carácter de junta, es habitual que el manijero y sus esquineros, día previos a la salida procesional, hagan el recorrido con objeto de visitar las calles del itinerario y comentar y analizar aspectos de la futura santería, además de comprobar posibles obstáculos del mobiliario urbano o cableado que puedan afectar a la santería.
Cuando Lucena camina al hombro: el día de la Santería
El día de la santería comienza con el ritual de vestir al santero, quien debe contar con ayuda de una persona experimentada: pantalón de medio ancho, botas negras, camisa sin cuello, faja (ropa de algón de dos metros que, sobre la camisa, se lía en la cintura para salvaguardar los riñones del peso), cinto (correa de varias cinchas que, colocada sobre la faja y bajo la túnica, refuerza la función protectora), capirote sin cubrir el rostro, pañuelo blanco al cuello y túnica del color de la cofradía o hermandad, a lo que se suma cordón en algunos casos. Siempre bien aseado y afeitado, sin lucir pulseras ni relojes aunque sí gemelos, mostrando gran elegancia. Las túnicas de los santeros (entonces correonistas) fueron, en origen, las mismas que las de los hermanos, ya que en 1688 el cardenal Salazar impuso, mediante decreto, que penitentes, disciplinantes y cofrades en general procesionaran con el rostro descubierto. Es en este contexto donde puede situarse el origen de la túnica tradicional lucentina,que, probablemente, se configuraría de manera definitiva en fechas posteriores. Ya en la década de 1920, se introduce para los penitentes un atuendo de clara inspiración sevillana, incorporando el cubrerrostro. Sin embargo, los santeros permanecen fieles a la tradición, procesionando siempre a cara descubierta. A lo largo del siglo XX, la indumentaria y la disposición del cortejo irán perfilándose progresivamente, incorporando detalles que hoy se consideran característicos como el acortamiento de la túnica, el uso de camisa blanca bajo esta, o el pañuelo blanco al cuello.
Tras este emotivo momento solemne e íntimo, en el que suele participar la familia más cercana y que habitualmente se realiza en el hogar, el santero acude a la casa de su manijero (y del cuadrillero en el caso de las cofradías que mantienen esta figura) para compartir un café, regado con anís y dulces típicos de la época como pestiños o magdalenas. Aquí el manijero dará las últimas indicaciones a su cuadrilla antes de iniciar el tradicional paseíllo de todos los santeros hacia el templo, acompañados de un toque característico de tambor y del torralbo, en el caso de los pasos que llevan este acompañamiento musical. A la llegada al templo, los santeros amarran sus almohadillas (saco rectangular de tela relleno de lana o borra) al varal y a los asones (asideros que tienen los tronos en los varales) para envolver la cuña de madera (previamente dispuesta tras la marca) y que ayuda a amortiguar el peso del trono en el hombro. En ocasiones, se ayudan de otra persona para esta tarea.
El rito hecho calle: cuando el paso se echa al hombro
Cuando el reloj marca la hora y el paso (que en Lucena se denomina santo) se ubica en el atrio del templo, transportado desde los asones al son del Himno de España interpretado por la agrupación musical o banda de cornetas y tambores que espera en la plaza, tiene lugar la echá al hombro en tres tiempos (muslos, sangría y hombro) o de un tirón (directo al hombro desde el suelo), a las órdenes del manijero «¿Estáis?» y tras responder el santero de la esquina mala «¡Puestos!», confirmando así que cada santero ocupa su lugar: esquina, contraesquina, pata, contrapata, varal, repisón y cimbra (en algunos casos).
Aquí comienza la santería cuyo paso, siempre al son de los tambores que se ubican tras el trono (en grupos de entre tres y cinco, normalmente), difiere si se trata de Cristo, Virgen o paso de misterio —existiendo el maceteaó, el reposaó, el botaó o el pingaó—, dejando atrás la santería de contras protagonista del pasado siglo XX. Dentro de unos cánones establecidos, el manijero adapta a su gusto personal el paso que, salvo en las imágenes marianas o crucificados, suele tener diferencias en su ejecución entre los santeros de la delantera y la trasera del trono. En los pasos acompañados por el torralbo, la persona que lo interpreta (a quien también se denomina torralbo) se ubica delante del paso para anunciar su llegada, ataviado con la misma túnica de santero que el resto de la cuadrilla
El santero debe santear con el cuerpo y el cuello erguido, por estética y como prueba visible de que cumple su función en su sitio y lleva el peso que le corresponde, siempre abrochaó a su sitio. Las órdenes del manijero para comenzar a andar (llamado tomá) se emiten, tras un siseo, con el toque de campana. Mientras el trono no está en movimiento, se sustenta sobre unas horquillas realizadas en madera o metal y rematadas con una pieza de hierro en forma de u. Esta acción se denomina ahorquillar o ajorquillar. Por su parte, el tiempo que el trono permanece sobre los hombros de los santeros, se denomina horquillo. Cuando se interpreta alguna saeta, muy habitual en la Semana Santa de Lucena, el trono suele realizar el movimiento sin ir hacia delante, hasta que ésta termina y el manijero dice «¡Vámonos!» y continúan su trayecto. Es habitual que familiares y personas allegadas a la cuadrilla permanezcan cercanos al trono durante todo el recorrido, por si surge alguna necesidad y para suministrarles agua.
El proceso de encierro del paso se ejecuta de manera inversa al de su salida. Tras la indicación del manijero para que los santeros retiren las horquillas con ayuda de personas allegada a la cuadrilla —«¡Fuera horquillas!»—, el paso desciende de forma ordenada hasta reposar, siguiendo siempre la secuencia tradicional de sangría, muslos y suelo, y ejecutándose invariablemente en tres tiempos. Al término, es habitual que una persona muy allegada al santero le entregue en la iglesia una pelliza, prenda de abrigo para resguardarse del cambio de temperatura al término del esfuerzo realizado.
Una vez finalizada la santería, tiene lugar el refresco, comida de cuadrilla celebrada el mismo día y a la que acuden los santeros, aún con su túnica, junto a sus esposas y donde se comenta la santería recién vivida. Semanas después, el manijero organiza el gasto, último acto simbólico de los santeros y con el que se disuelve la cuadrilla.
Santería y ciudad: patrimonio y proyección
La santería, en sus manifestaciones de Pasión y de Gloria, no solo vertebra el calendario cofrade de Lucena, sino que se erige en auténtico motor de la economía cultural de la ciudad. En torno a ella gravita un entramado de oficios y saberes: talleres de imaginería, bordado, orfebrería, bronce, talla en madera, la creación de música procesional, la artesanía en los adornos florales de los tronos, el mantenimiento de casas-hermandad y museos cofrades, además de sectores como la hostelería y el comercio, que encuentran en estas celebraciones un impulso vital. Todo ello convierte a la santería en un patrimonio vivo y generador de comunidad, en el que tradición, cultura y desarrollo se entrelazan.
Lucena es hoy un modelo de autenticidad proyectada al mundo. Desde la solemne entrega de la campana al manijero hasta el último redoble del tambor que marca el final de la estación penitencial, la santería late como identidad colectiva, como herencia compartida y como una manera singular de estar y entender el mundo. No se trata únicamente de un rito heredado, sino de una experiencia vital que se transmite de generación en generación, un legado inmaterial y universal que no se explica con palabras: se vive, se siente y se comparte.
Las esquinas se organizan en: esquinero, contraesquina, pata, contrapata, varal y repisón. Cada una cuenta con su propio esquinero como figura responsable, aunque todas permanecen siempre bajo las órdenes del manijero. A la hora de marcar el movimiento del paso, el trono se divide en dos partes: delantera, que agrupa a los santeros de las esquinas del manijero e izquierda; y trasera, que reúne a los santeros situados en las esquinas conocidas como mala y de la salud. El manijero, la esquina izquierda y sus dos varales conforman el denominado escaparate o frentá.
Fuente documental del texto: Libro ‘Nota para la historia de las cofradías lucentinas’ de Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena (2022) / Artículo ‘Algunas notas sobre la santería lucentina’ de Manuel Guerrero Cabrera.
Fotografías: Jesús Cañete Fernández
Infografía del trono: DIEV Diseño Evolutivo