Una Semana Santa insólita

Autor: Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena

(Artículo publicado en la Revista Torralbo de 1983)

La historia antigua de las cofradías lucentinas se halla, en muchos casos, aún por descubrir: la documentación: libros de hermanos, estatutos, inventarios y cabildos, no parece haber llamado la atención de los investigadores y duerme, lo que no se ha perdido en los avalares de los tiempos, la paz de los archivos parroquiales o particulares a la espera de los ojos y las plumas que quieran transmitir al presente una visión inédita de la vida penitencial lucentina. La parroquia de Ntra. Sra. del Carmen, primitivo convento de San José, de frailes carmelitas descalzos, conserva una interesante documentación sobre la ya extinta cofradía del Carmen, una de las más importantes de nuestra Semana Santa, que realizaba su estación penitencial el Martes Santo. Estos textos nos ponen en contacto con las manifestaciones religiosas de una época distinta y distante. Acercarse, con una actitud comprensiva, a las vivencias cristianas de los lucentinos pretéritos, exige el olvido de’ concepto actual de santería y la revalorización del sentimiento cofrade; indudablemente, la vida en el siglo XVII, periodo al que globalmente vamos a ceñir estos apuntes históricos, se sentía muy claramente como algo pasajero, como un breve discurrir hacia otra existencia, y era preciso asegurar por todos los medios la gloria futura en el mundo presente así como una sepultura digna, tras un entierro de cierta categoría social, y las misas necesarias para inclinar más a la clemencia al Supremo Juez Encontramos así, como característica fundamental cofradiera en esta época, las siguiente palabras que, en los cabildos y estatutos aparecen de un modo insistente: «Cuando muriese algún hermano se ha de asistir al entierro con diez hachas de cera y el estandarte y se le dirán doce misas, y si muriesen las mujeres de los cofrades se han de llevar diez hachas y decir ocho misas.»

«Erigida en 1606 en Cofradía por la solicitud de su primer Hermano Mayor el Excelentísimo señor don Luis Fernández de Córdova y Aragón. Duque de Cardona[1] y aprobada en igual fecha por el Ilustrísimo y Reverendísimo don Fray Diego de Mardones, Obispo de la Diócesis», según se puede leer en el segundo libro de juntas, esta cofradía del Carmen alcanzó las más altas cotas de participación en el periodo comprendido entre 1650 y 1720, época coincidente con un amplísimo movimiento espiritual que, en sus últimos decenios, y respaldado por un recuperado crecimiento económico, permitió la extraordinaria floración del barroco lucentino. La cofradía de pasión del Carmen, reestructurada, como tantas otras, a comienzos del siglo XVIII, contaba con seis pasos procesionales, entre ellos cuatro de palio que, de modo insólito para el concepto semanasantero de hoy, no corresponden a cuatro vírgenes. La Dolorosa, hermosísima, que aún se conserva. es la única representación mariana del conjunto y desfilaba bajo un palio «de felpa negra con encaje de plata», sustentado por varas de hierro. Igualmente, bajo palio de felpa, pero con «encajes blancos y negros y con andas de barandillas doradas», realizaba su estación la figura de Jesús de la Humildad, también en la actualidad en la iglesia parroquial del Carmen.

Un paso con palio de «raso morado con encajes de plata y andas con barandillas negras» era el hoy perdido, Jesús de la Coronación, un Ecce Homo al que un judío coronaba de espinas. Una imagen de Jesús Preso, con un palio similar al anterior, discurría en procesión maniatado, con dos largos cordones cuyos dos extremos asían sendos individuos vestidos de hebreos que caminaban delante. La Pollinita, identificada en los libros de cabildos e inventarios como «Jesús en su Entrada en Jerusalén», carecía, sin embargo, de palio se reducía el trono a unas sencillas andas que, mediante seis aros de hierro a los que podían adaptarse dos varales, era trasladado, según las circunstancias, a hombro o a correón, por seis penitentes vestidos con túnicas bastas de bramante. El conjunto, en cuanto a pasos procesionales, se cerraba con el «símbolo» de los Sacramentos consistente en «una cruz con un lienzo de pintura del pelícano, de donde salen siete cintas de los Sacramentos», dispuestas a modo de brazos de una fuente, dichas cintas ostentaban en sus extremos diferentes signos sacramentales, como una «mitra y tiara papal» referidos al sacramento del orden sacerdotal, o «una túnica de saco» para evocar el de la penitencia.

No obstante, lo verdaderamente sorprendente de esta cofradía era la escenificación viva que acompañaba a los pasos en su desfile. Un cortejo de personajes: profetas, apóstoles, pecados, romanos, ángeles y penitentes, constituían el reflejo exacto del pensamiento religioso de aquella antigua sociedad de Lucena.

Los apuntes en el citado libro de inventarios son extraordinariamente explícitos: «quince tablillas de palo con los nombres de los Profetas= un cedro y una corona y “harpa” del Profeta David= quince rostros de dichos Profetas y doce túnicas de tafetán de colores: tornasolado, verde, azul, ámbar, dorado y verdosillo= dos tuniquillas pequeñas de los ángeles que llevan las campanillas».

Los apóstoles, por su parte, contaban para su puesta en escena con «doce vestiduras con mantos de diferentes colores= doce rostros con sus diademas= doce cabelleras y doce “sendalias” de cordobán».

Se hace distinción expresa de san Juan, «con rostro y cabellera», y de Judas cuyas vestiduras eran «de tafetán azufrado con manto verde» llevando además rostro y soga.

Los pecados no están tan explicitados. Los siete vicios capitales se representaban en «siete tarjetas de pintura» que eran portadas por siete individuos vestidos con túnica.

Cerraba el desfile de la cofradía una gran tabla representando al Cordero Místico y el estandarte blanco que antecedía al capitán romano, tocado con «sombrero y pluma», y seguido de doce soldados con morrión y caja, objetos que, según el inventario, se guardaban en poder de la hermana Ana la beata. Proporcionaba además la cofradía los medios para acudir penitencialmente al desfile procesional.

Los penitentes habían de vestir túnicas bastas, rostros y cabelleras de esparto o capirotes, y elegir entre los «instrumentos» de penitencia: grillos, grilletes, cruces, piedras para cargar, azotes y «cruces para los que salen aspados». Si añadimos a este desfile el numerosísimo grupo de hermanos que, vestidos con jubones de «crea leona» o de «bocadillo», alumbraban con sus hachas los pasos, (según los inventarios y cabildos unos ochenta cada paso en los mejores tiempos), el discurrir de esta cofradía en la tarde del Martes Santo debía ser un espectáculo impresionante lleno de vigor ascético.

Esta Semana Santa de la que nada ha quedado en nuestra ciudad no siempre debió celebrarse en los términos de seriedad y religiosidad exigibles. Varios son los decretos de los señores obispos promulgados para cortar los escándalos y excesos a que daba lugar el uso de «carátulas» en las procesiones, así como «las bocinas y tambores», convirtiendo «en unas carnestolendas un tiempo tan santo y lastimoso». El edicto del cardenal obispo don Pedro Salazar de fecha 1 de abril de 1740 debió ser la puntilla de esta antigua Semana Santa lucentina; en él se hace eco de la situación en los términos siguientes: «Renovamos todos los decretos y censuras antiguas en este punto, que nuestro Vicario y curas que están continuamente predicando y enseñando la doctrina cristiana, exhorten al pueblo sobre materia a que no lleven cubiertas las caras con carátulas, ridículas máscaras extravagantes.

Mandamos se les notifique a los Hermanos Mayores no permitan en las procesiones de su encargo a ninguno con el rostro cubierto, aunque sea llevando tambor o bocina que es en lo que está mayor escándalo aumentando tantas trompetas para disimular sus abominaciones y quién creería haber llegado a tanto el atrevimiento que hasta los sacerdotes han llegado a usar el indigno disfraz de las carátulas.

Mandamos, en virtud de nuestra obediencia, pena de excomunión mayor (late sentencia) a persona alguna que en dicha Ciudad salga en las procesiones de Semana Santa con el motivo de demanda, llevar luz o alguna imagen o tocar trompeta o caja con el rostro cubierto, y mandamos a nuestro Vicario que andando dentro curas lo celen con la mayor vigilancia y que en caso de que alguna persona lo ejecute se declare por público excomulgado poniéndolo en la tablilla y si aún perseverase contumaz la prenda y dándonos cuenta la daremos también nosotros a la superioridad que tomará las providencias más fuertes para desarraigar las abominables prácticas…” Acaba así, con tan drásticas medidas por parte del cardenal obispo Pedro Salazar, una tradición en la que parecían sintetizarse las actuales semanas santas de Puente Genil y Baena. Tal vez a ello debamos la aparición de la santería en Lucena como fenómeno que impregna la salida de las imágenes lucentinas a sus calles y plazas con una dignidad y arte nunca alcanzados en los siglos pretéritos.


[1] En realidad, la fundadora fue Ana Enríquez de Cabrera y Mendoza, hija mayor del duque de Medina de Rioseco viuda desde hacía diez años del mencionado duque de Cardona, heredero del señorío sobre Lucena, Luis Fernández de Córdova y Aragón, fallecido prematuramente en 1596, a los 38 años.

Fotografía del artículo: Jesús Cañete Fernández

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