Apuntes históricos sobre la Cofradía de María Santísima de la Soledad en el siglo XVIII

Autor: Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena

(Artículo publicado en la Revista Torralbo de 1984)

Escribe don Fernando Ramírez de Luque en sus Tardes Divertidas… que «la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad se instituyó el año de 1564», en la iglesia ayuda de parroquia de Santiago. Sus constituciones fueron aprobadas en nombre del obispo Francisco Reinoso, por el visitador Gómez Meléndez en 14 de mayo de 1601.

En el archivo de su templo sede se conservan un libro de cabildos, algunas escrituras y otros papeles de esta cofradía, mientras que en el de San Mateo existen diversos legajos de cuentas.

La mayor parte de ello abarca poco menos de un siglo, el tiempo comprendido entre 1719 y 1800, pero eñ estudio de este periodo pone de manifiesto un momento esplendoroso de la cofradía decana de la Semana Santa, surgido de una etapa de crisis anterior.

Como queda dicho, esta cofradía «“de la Soberana Emperatriz de Zielos y tierra María Santísima de la Soledad i Angustia», fue erigida en la iglesia de Santiago, colocándose la imagen en la capilla en que aún permanece; cabecera de la nave del evangelio. Sus actos penitenciales consistían en una novena a la que asistía comúnmente la capilla de música de San Mateo y algún orador sagrado, casi siempre de la orden de predicadores; los tres últimos días del novenario tenía lugar un jubileo de cuarenta horas que culminaba el Viernes Santo, día de la procesión, la cual se realizaba con posterioridad a la del Santo Entierro de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, al que acompañó tradicionalmente la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, titular de la congregación servita, aunque, cuando dejó de hacerlo por motivos de penuria económica, fue sustituida por la de Nuestra Señora del Socorro de la Capilla nazarena.

No obstante la cofradía de la Soledad realizaba su desfile procesional con independencia total del de la cofradía del Nazareno, pese a las coincidencias de los titulares de los pasos; así la procesión se iniciaba con el guión «plateado» al que seguía un Santo Entierro y detrás, la cruz vacía, «sobredorada, con clavos, rótulo y toalla», seguía la Virgen titular y a continuación las imágenes de san Juan y la Magdalena, tras la que marchaban con el cuadrillero de azote, los disciplinantes con sus túnicas blancas, confortados en su dura penitencia con tragos de vino que aportaba la propia cofradía; cerraban el cortejo los hermanos blandoneros con sus capirotes.

Colofón de los actos era la función solemne de Pascua de Resurrección con música y, su término, la quema de fuegos de artificio y la comida ofrecida a «los pobres de boz», que solicitaban limosna durante la Cuaresma para la hermandad.

Se deduce de los documentos conservados, el potencial económico de esta cofradía, así como el interés de la oligarquía lucentina por ocupar cargos en ella; situación que, a finales del siglo XVIII y el XIX, se prolongaría en la archicofradía de Jesús.

Sus bienes inventariados a partir de 1720 e incrementados con posterioridad hacen referencia a una larga serie de alhajas de plata, no sólo las propias de las imágenes, que eran abundantes y costosas, sino de vasos sagrados, lámparas de plata, ornamentos y joyas de la titular.

Ya en su primer inventario se citan «una imagen de Cristo en el Sepulcro, con sus sábanas y almohadas» además de “«las parigüelas doradas para dicho Santo».

Especialmente destacable es el hecho de que en la documentación que he consultado, en ningún caso las procesiones de esta cofradía fueron llevadas a correón. Jamás se citan estos instrumentos en los inventarios que, en cambio, son explícitos al hablar de las andas con sus varales. Debieron ser fastuosas, a juzgar por su autor, Pedro de Mena y Gutiérrez y por su descripción: «Unas andas doradas y talladas con ocho ángeles y cuatro evangelistas, con su cenefa de fondo, galoneada de seda blanca y seis barales, florones, remates, diez ángeles y ocho horquillas, con sus almohadillas». Plantea la ausencia de correones una cuestión a tener en cuenta por los eruditos locales en santería que han generalizado, quizás de manera precipitada, un modo tal vez esporádico o accidental de portar los pasos procesionales.

El correón parece casi exclusivo de ciertas imágenes y ello, creo, solo para efectuar las entradas y salidas de los templos, aunque esta costumbre, en el caso concreto de Jesús Nazareno se desorbitó de modo tal que el correón fue prohibido a perpetuidad en el cabildo de su junta de gobierno de 21 de marzo de 1839 «por el escándalo que provocaba su uso».

Añado una serie de noticias acerca de la cofradía de Nuestra Señora Soledad, tomando como base los mandatos de los distintos hermanos mayores en el periodo mencionado.

Diego Pedro de Medina Carranza (1719-1726)

Inició con la tesorera de la cofradía Francisca Ramírez la obra del camarín de Nuestra Señora, cuya decoración pictórica estuvo a cargo de Francisco Muñoz.

Igualmente se hicieron unas lámparas arañas por el platero José Fernández y una lámpara de plata por José Basurto del Acha, ambos lucentinos.

Martín Cortés Hurtado (1726-1730)

Finalizó la obra iniciada por el anterior.

Juan José Toledano (1730-1744)

Cerró la capilla con una verja dorada «para su adorno, resguardo y custodia». También se adquirió un manto de terciopelo para la Virgen. En 1731, la cofradía adquirió una porción de tierra calma (que luego plantaría de viña) en el partido de Pradillo Quintero, «para beneficio de los cultos de Nuestra Señora». El 5 de abril de 1740 se recibió una carta del obispo de Córdoba, cardenal Salazar, amenazando con excomulgar a los miembros de la cofradía si persistían los escándalos en las procesiones, a las que asistían los hermanos con máscaras.

Juan Álvarez de Sotomayor (1744-1755)

Se compró en 1745 una casa «que se vendía en el llano de Santiago que linda con la torre de dicha iglesia[1] para encerrar en ella las alajas y trastos que tiene la Cofradía». También fueron elaboradas unas andas para la imagen de la Magdalena, adquirida a Pedro de Mena por 390 reales en 1745 y un sol de plata sobredorada para decorar el manto de la Virgen. En 1746, previa autorización del duque de Medinaceli, Luis Fernández de Córdoba, se amplió la capilla con el espacio comprendido entre los dos arcos inmediatos de la nave del evangelio, colocándose frente a cada uno de ellos, cerrados con verjas, obra del herrero de Juan de Gálvez en 1747, las imágenes de san Juan y la Magdalena. (Las citadas verjas cierran hoy la capilla de la Soledad y la del Cristo de la Columna).

Martín Cortés Rico de Rueda (1755-1758)

Se realizaron la diadema y el pomo de plata de la Magdalena.

Ambrosio Pedro Valenzuela y Curado (1758-1761)

En 1759 se suspendieron las funciones propias de la cofradía «a causa de la grave obra que se hizo en dicha iglesia por las ruinas que amenazaba su torre, tejados y edificio, que se reedificaron y se echó nueva solería de ladrillo a todas las tres naves de ella.»

José Barolomé Romero Toledano (1761-1768)

En 1763 la cofradía compró cuatro aranzadas y media de estacada y alameda a Pedro de Atencia en el partido de Granadilla, en previsión de afrontar con la renta futuros años de penuria. También se adquirieron al platero cordobés Cristóbal Sánchez Soto dieciocho luceros, cuarenta estrellas y dieciséis puntas de plata para exorno del manto de la Virgen.

En 1763 por primera vez salió la imagen de Nuestra Señora de la Soledad con palio, negro, sostenido con cuatro varas.

Francisco Romero Toledano (1768-1799)

La cofradía acordó construir una casa en un solar que poseía en la calle Mires, para alquilarla y atender con la renta los gastos de culto.

Durante su largo mandato las capillas de la cofradía incrementaron notablemente su exorno y mejoraron los ornamentos de sus altares, con un gran número de cuadros, cornucopias, frontales, esculturas, lámparas y otros objetos, que se mantuvieron hasta los años finales del siglo XIX.


[1] La torre de la iglesia de Santiago se halló, al igual que la del templo de San Mateo, incluida en la fachada de la iglesia hasta que debió ser demolida debido a los daños que causó en ella el terremoto de Lisboa de noviembre de 1755,

Fotografía del artículo: Jesús Cañete Fernández

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