Apuntes históricos sobre la Congregación Servita

Autor: Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena

(Artículo publicado en la Revista Torralbo de 1985)

Por invitación del actual hermano mayor de la cofradía de servitas de Nuestra Señora de los Dolores, traigo a estas páginas unos breves apuntes históricos de aquella congregación y orden tercera que, radicada en diferentes templos lucentinos, daba culto a la advocación de María Dolorosa. La limitación del espacio a que me obligan otros autorizados trabajos en esta revista me han impedido extenderme en pormenores más o menos interesantes. Por ello, he ceñido mi trabajo a los límites del siglo XVIII, azaroso para la congregación, pero también lleno de realizaciones positivas.

La primera noticia documentada sobre la congregación de siervos de María o servitas aparece en un libro de juntas de la cofradía de Nuestra Señora de la O, en el que se lee que el 12 de marzo de 1724 solicitaron licencia «los hermanos que pretenden fundar la Congregación de la Esclavitud», para que en dicha ermita pudiesen tener sus actos de oración y ejercicios espirituales los viernes de todo el año.

Algunos meses después, el 16 de agosto, en otra junta, le fue adjudicado un altar para que colocasen su imagen de Nuestra Señora de la Angustias. Como era tradicional entre congregaciones de servitas de diferentes localidades, no tardó la de Lucena en solicitar la confraternidad con la congregación de Córdoba a fin de comunicarse las gracias y las oraciones propias de cada una, como se hizo en 1734.

La aprobación de la congregación dentro de las reglas de la ubicada en la iglesia de San Marcelo de Roma se llevó a cabo el 3 de octubre de 1736, mediante la firma del padre general de la Orden Servita fray José Antonio Rossi.

No obstante, por no haber en la ermita de la O, «comodidad para hacer altar correspondiente y separado de los de dicha ermita para celebrar a tan Soberana Madre Titular», por acuerdo de la junta adoptado e 3 de junio de 1760 se determinó el traslado a la ermita del Santo Cristo del Valle, en la calle Corralás, habiendo precedido licencia del provisor de la diócesis refrendada por Francisco Vicente de Vargas, su oficial mayor del Crimen. Para ello fue firmada escritura de convenio con el patrono de la mencionada ermita Jerónimo de Cuenca Gallardo, quien les cedió un sitio donde instalar un altar propio, en el que no se pudo colocar la Virgen de las Angustias referida, porque el hermano mayor de la cofradía de Nuestra Señora de la O, José Ramírez Ávila no permitió su entrega «al no haber instrumento que justificase ser de la propiedad de esta Congregación».

Resuelta a adquirir una nueva imagen, la congregación recogió limosnas de los hermanos y adquirió en precio de diecisiete pesos, el 27 de marzo de 1761, una Virgen Dolorosa a la escultora Victoria Chacón.

La instalación en la ermita del Cristo del Valle significó el comienzo de una época dorada para la congregación, tanto por el número de hermanos que practicaban sus rigurosos ejercicios, como por la cantidad de congregaciones de todos los puntos de España que solicitaban el hermanamiento, en contraposición con los años anteriores que fueron considerados como escasamente fructíferos «por razón de los pocos hermanos de que se compuso y calamidad de los tiempos que sobrevinieron».

Consolidada la congregación y orden tercera de los servitas en su nuevo emplazamiento, en junta mensal y general de 12 de febrero de 1773, el entonces hermano corrector, Fernando Ramírez de Luque, propuso que se encargase una nueva imagen, puesto que «ahora había un gran artífice en Córdoba […] y que si éste se retiraba se perdía la coyuntura.» Un mes más tarde se vieron en junta unos «borrones» o diseños, del escultor para que los concurrentes eligiesen el de su gusto, así como una carta en la que notificaba el importe de la imagen, que ascendía a 1.500 reales de vellón, acordándose pagar con 600 reales, limosna de los hermanos diputados, y el importe de la venta de la imagen vieja y de unos mantos y alhajas.

A mediados de 1775, el hermano Antonio Rafael de Mora indicó a la junta que había recibido noticias del escultor diciéndole que podría retirarse la imagen de la Virgen, de Jaén, decretándose acto seguido que el hermano Alonso Benítez se desplazase a aquella capital «con uno o dos hombres de fuerza para reparar cualquier contratiempo» en la traída de la imagen.

Llegada a Lucena la imagen de la Dolorosa[1], hasta tanto se le buscaba un emplazamiento, se dejó en casa del citado Antonio Rafael de Mora, quien había pagado los 1.500 reales de su costo justificando su acción por una promesa realizada en Madrid durante una enfermedad.

Reunida la junta de gobierno de la congregación con el mecenas, este trató de imponer a los servitas, contra la entrega de la nueva imagen de la Virgen, una serie de condiciones que fueron consideradas inaceptables, de tal manera que aquella imagen tanto tiempo esperada, quedó en posesión de don Antonio Rafael, continuando la Dolorosa antigua recibiendo veneración en la ermita del Santo Cristo del Valle.

En 1776 se acordó que «se componga un ojo y la pestaña de la Virgen». Consultada la reparación con un escultor, dictaminó no poder efectuarse por ser la cabeza de barro. Ante esta imposibilidad los hermanos dispusieron «que por el dicho escultor se hiciera una Señora nueva con el menor gasto de esta Venerable Congregación y que con efecto estará hecha por el supradicho tallista[2], con la mayor equidad que pudiera apetecer por haber hecho casi una mitad de gracia de limosna a dicha Congregación.»

Unos días después, también en junta mensal, se acordó, vista la propuesta de varios hermanos, celebrar la festividad de la Virgen en la parroquial de Aan Mateo, dado el poco espacio de la ermita del Cristo del Valle. Así, a exigencias del gran número de hermanos y terciarios dio comienzo el acercamiento de esta congregación a la parroquia mayor. El 14 de junio de 1787 se presentó a los hermanos servitas el dilema de entregar al patrono de su ermita la nueva imagen de la Virgen, que hoy conocemos, o buscar otra iglesia. Diversas propuestas surgieron en aquella atribulada junta acordándose en definitiva solicitar al provisor de la diócesis la «instalación en el Colegio de Niñas Huérfanas (Purísima), hasta tanto que se halle arbitrio de fabricar iglesia donde trasladar a Nuestra Madre Dolorosa.» La respuesta se verificó en otro sentido más desagradable: el 1 de octubre fue recibida una notificación indicando que en el plazo de seis días la congregación debía desalojar la ermita, sin hacer referencia alguna a la petición. En consecuencia, se realizaron urgentes gestiones con la comunidad del convento de Nuestra Señora de la Victoria, de la Orden Mínima, a través de un miembro de la familia Chamizo, hermano terciario y poseedor de un altar colateral en la iglesia de San Francisco de Paula. Firmado un convenio con el padre corrector del convento, parece que este fue modificado unilateralmente por los frailes en cuya consecuencia el 12 de febrero de 1788 se decidió abandonar aquel templo.

En circunstancias la única salida viable, de acuerdo con el vicario José Feliciano Téllez, fue solicitar al duque de Medinaceli licencia para instalarse en la iglesia de San Mateo.

De este modo, amparados por el patrono de las iglesias de la ciudad les fue adjudicado un sitio en el templo, en el lugar que hoy ocupan. Mientras se realizaron las obras de la hornacina-camarín y el retablo, la imagen de la Virgen permaneció en una urna en el presbiterio.

Apoyada por el duque, la congregación consiguió una estabilidad de la que habían carecido durante muchos años, y el espacio que su prosperidad le exigía. Así, los últimos quince años del siglo XVIII, abandonada ya definitivamente la idea de construir iglesia propia, los servitas acometieron la realización del retablo, así como de las dependencias para alojar sus enseres, tomando parte de la calle de La Villa, concretamente el espacio que marca la distancia de dos contrafuertes de la iglesia.

El 3 de noviembre de 1788, el maestro Diego de Burgos acometió la hechura del retablo, cuyo dorado realizó «a satisfacción de la junta de gobierno», en 1792. Por su parte, el pintor Martín de Blancas fue el encargado de realizar el medallón que adorna el segundo cuerpo del retablo, siendo su importe de 100 reales de vellón. Como colofón a este retablo el escultor prieguense Remigio del Mármol elaboró , las imágenes de san Felipe Benicio y santa Juliana de Falconeris, santos de especial devoción de la Orden Servita por un precio de 1.360 reales.

Muchas más noticias surgen de la lectura de los libros de juntas y de los legajos de cuentas de aquella venerable congregación y orden tercera. Dejo para otra ocasión el trabajo de publicarlas.


[1] Esta imagen, cuyo autor no se cita en ninguno de los muchos documentos que he manejado, fue, probablemente, realizada por el escultor de origen francés, afincado en Córdoba, Juan Miguel Verdiguier, cuya presencia en Jaén se explica por el matrimonio que contrajo con una dama de la capital del Santo Reino. Su relación con Antonio Rafael de Mora, hermano mayor de la cofradía de Jeús Nazareno, se basa en el encargo que éste le había hecho de un Cristo yacente para la urna del Santo Entierro.

[2] Precisamente faltan las cuentas del año correspondiente a la factura del rostro y manos de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores. Sin desdeñar como autor al mencionado Verdiguier, que hizo la anterior totalmente de talla, cabe dentro de lo posible que su misterioso, por ahora, autor fuese Blas Molner, artífice de las imágenes de san Juan Nepomuceno y un Crucificado de marfil para esta misma iglesia de San Mateo.

Fotografía del artículo: Jesús Cañete Fernández

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