¿Quiénes son los protagonistas?

Autor: Francisco López Salamanca, cronista oficial de Lucena

(Artículo publicado en la Revista Torralbo de 1985)

El nacimiento de la Agrupación de Cofradías vino a cubrir una necesidad perentoria en nuestra ciudad. El gran número de pasos procesionales que discurren por las calles lucentinas bajo los auspicios de las cofradías exigía un elemento que cohesionase tantos esfuerzos dispersos, un catalizador de ideas y trabajos que convirtiera la Semana Santa de Lucena en un conjunto armónico en el que, salvadas las tradicionales y lógicas diferencias cofradieras, latiese el sentido de hermandad que ha de impregnar esta manifestación cristiana y católica.

Mientras en otros lugares de Andalucía, como antaño en Lucena, la cofradía es el eje en torno al cual gira la vida religiosa de múltiples creyentes a lo largo de todo un año, constituyendo la salida de los pasos procesionales un medio más, no exclusivo, de propagar y afirmar la fe católica, en nuestra ciudad, la santería ha truncado de manera hasta hace poco radical este concepto. erigiéndose en un fin en sí misma, adquiriendo en sentido positivo un bagaje estético en ningún modo desdeñable y un matiz diferenciador con otras manifestaciones foráneas semanasanteras, pero, en sentido negativo, anulando o, al menos, disminuyendo grandemente a las cofradías, toda vez que estas reducían, y reducen, su funcionamiento, salvo muy honrosas excepciones, a las fechas próximas a la Semana Santa, convirtiendo su actividad en un mero exorno de los tronos, contagiadas con la enorme fuerza popular de la santería, que ha calado en muchas de sus juntas de gobierno.

De este modo, nuestra Semana Santa es un conjunto bipolar, (santería-cofradía), de esfuerzos que, en algunas ocasiones se anulan, pero que de todas maneras aparecen normalmente enfrentadas siendo la lid desfavorable a lo cofradiero.

Seria precisa, y en este camino creo que marcha la intención de los dirigentes de la Agrupación de Cofradías, la potenciación de las actividades que definen los estatutos de cada cofradía, colocando cada cosa en su justo sitio. Una de sus tareas ha de ser favorecer, por supuesto, la cantera de futuros santeros, sorprendente por el número y el entusiasmo en las procesiones infantiles, pero al mismo tiempo procurar, (la jerarquía eclesiástica tiene también su parte en ello), que entiendan que portar un Cristo o una Virgen sobre los hombros para mostrarla al pueblo es algo más que una especie de deporte o un remedo a veces ridículo de lo que hacen los mayores.

Las cofradías han de ser conscientes de que para ser santero de uno de los pasos de sus titulares no basta con ser capaz de serlo en el sentido físico; se pueden conocer fácilmente santeros cuya única aparente relación con la cofradía se reduce a sacar y devolver los «santos« de y a los templos, olvidando que el verdadero protagonista de la procesión es la imagen, la cofradía y en último término él. Desgraciadamente parece general la inversión de este orden.

He dicho sacar y devolver los santos a los templos, pero no hay que olvidar que el adobo de estos acontecimientos no es, generalmente, una reflexión de lo que el acto significa, sino una serie de juntas nada religiosas y el epílogo de un gasto en el que el manijero corre normalmente con el pago de su importe, muchas veces desorbitado e incluso escandaloso. En este sentido, se han convertido estos actos casi en obligatorios, con lo cual muchas manijerías son para buenos santeros una ilusión inalcanzable para sus posibilidades económicas. Al margen de todo este dispendioso aparato que pretende hacer de la confraternización una manera de aunar luego el esfuerzo, las cofradías discurren con una vida lánguida en todos los sentidos: escasez de hermanos, mínimo protagonismo en las procesiones; pasando verdaderos apuros económicos que se agravan en el momento que tienen que hacer frente a cualquier obra o mejora.

Cofradías y santería viven de espaldas; sus caminos sólo coinciden en el momento de poner los «santos» en la calle. Incluso parece que el santero y el cofrade engloban aquí, en nuestro pueblo, dos maneras diferentes de ser y de entender la vida. Pocas son las ocasiones en que el santero es cofrade en toda la dimensión de ambas palabras. Potenciar también esta figura del cofrade-santero es función de la Agrupación de Cofradías; estas han de saber premiar con la santería de sus pasos a sus propios hermanos, a los que trabajan por el bien de las propias hermandades, las cuales no han de entenderse como mundos aparte, sin puntos de contacto, ajenas e incluso tirándose los trastos a la cabeza, sino como un todo que se mueve rememorando la pasión y la muerte de Nuestro Señor.

Acaso, sin pretender convertir lo que sigue en un nostalgiario que considera que cualquier tiempo pasado fue mejor, volver la vista atrás nos ilustraría sobre este sentido cristiano de fraternidad entre cofradías. El 25 de marzo de 1771, presididos por el vicario, rector y cura de la iglesia de San Mateo Juan Martínez de Gálvez, se reunieron los hermanos mayores de las cofradías pasionistas existentes entonces en Lucena: José Antonio de Cárdenas Nieto por la cofradía del Carmen, Antonio Rafael de Mora Saavedra por la de Jesús Nazareno, Francisco Romero Toledano por la de la Paz y Veracruz, y por la de Nuestra Señora de la Soledad y Pedro Julián de Luque por la cofradía de Pasión, radicada en el convento de los frailes franciscanos.

Se hallaban, pues, reunidos los representantes, en una auténtica agrupación de cofradías, de los protagonistas de aquella Semana Santa de Lucena. El fin de aquel cónclave era «aumentar el divino culto en las procesiones que se celebran en memoria de la Pasión y Muerte de Nuestro Redentor Jesucristo», y en consecuencia acordaron «que las cinco cofradías referidas se han de asistir recíprocamente a las procesiones que respectivamente celebran anualmente, compuesta cada una con sus pendones y veinte hermanos con veinte hachas o velas, cada una de dichas cofradías llevando en cada cual de las procesiones el lugar que le corresponda según su antigüedad».

Dejaré para otra ocasión otros pormenores históricos y curiosos del documento y me ceñiré a la actitud de los mencionados hermanos mayores de aceptar una situación en que su generosidad y la de su cofradía quedaría devuelta multiplicada por cinco, aumentando así el esplendor de todos y cada uno de los pasos procesionales de aquella pretérita Semana Santa, cuando los santeros eran cofrades y santeaban, quizás con menor gusto estético que hoy, pero dejaban al Protagonista en el sitio que se le debe.

Fotografía del artículo: Jesús Cañete Fernández

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